Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Trabajé muchos años en la Escuela Vocacional de Música “Guillermo Tomás”. Hoy quiero revivir fragmentos de mi vida, recuerdos que hablan de una sociedad mutilada por el miedo y el dogmatismo. Los cubanos que vivieron esa época lo comprenderán. Lo escribo sin odio, porque con muchos de aquellos militantes he limado asperezas: casi todos dejaron de ser comunistas y viven hoy exiliados. No fueron bárbaros; eran personas con dudas, pero sometidas a la presión enfermiza de obedecer.
Cada escuela, cada centro laboral, tenía un núcleo del Partido Comunista que imponía el rumbo y vigilaba la ideología marxista. No era necesario ser un experto: solo seguir órdenes. Pensar era un acto peligroso; obedecer era obligatorio.
Yo era profesor de historia para séptimo, octavo y noveno grado. Tenía contacto con el mundo libre, leía, investigaba, enseñaba la verdad. Sabía que aquel sistema era una catástrofe, y la historia me gritaba que estaba condenado al fracaso.
Por eso, probablemente, me repelían. No me tragaban. Mi actuación era transparente: nunca ensalzé a quienes ponían bombas, ni transformé a Fidel Castro en un “estadista”. Fidel nunca lo fue. Fue un cobarde que nunca libró una batalla decisiva, se perdió antes del Moncada y se refugió en la Sierra Maestra donde fue capturado sin disparar un tiro.
Mi trayectoria personal tomaba otros rumbos. Cuestionaba, enseñaba y profundizaba en la verdad. Por ello, el Partido me emplazó, me vigiló y me tendió trampas, utilizando la etiqueta de “antipartido” como herramienta de destrucción. Buscaban aliados entre mis colegas para denunciarme, desacreditarme y aislarme. No lo lograron: algunos me apoyaron y se convirtieron en aliados de la verdad.
Debo reconocer un aspecto positivo de esos comunistas: identificaron correctamente que yo era “antipartido”. Pusieron mi carrera en riesgo, en una época de mitines de repudio y chantaje, cubriéndose de estiércol ideológico. La represión, la mentira y el dogmatismo marcaron mi carrera. Pedí la baja, pero al menos hoy puedo admitir que tuvieron razón en algo: yo era independiente, no me arrodillaba ante el poder.
Ser “antipartido” no fue un capricho. Lo fui, lo soy y lo seré, porque la verdad pertenece a todos, no a los que mienten. Cambiar de ideas es madurar; algunos lo hicieron y bravo por ellos. Otros, sin embargo, pagan desde ese infierno por el mal que hicieron. El comunismo es el infierno en la tierra: niega la naturaleza humana y niega a Dios. ¿Qué puede surgir de esa pobreza moral? Nada.
Nota al margen: Incluso me atacaron brutalmente en mi propia casa, rompiéndome la cabeza, con varios puntos de sutura.
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