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A veces la historia de un libro comienza con una idea. Pero en este caso comenzó con un solo parpadeo.

Jean-Dominique Bauby era un reconocido editor de revista en Francia cuando, a los 43 años, sufrió un derrame cerebral devastador. Después de veinte días en coma despertó… pero descubrió que su cuerpo ya no respondía.

No podía hablar. No podía mover los brazos. Ni podía girar la cabeza.

La única parte de su cuerpo que aún obedecía era su párpado izquierdo.

Los médicos diagnosticaron lo que se conoce como síndrome de enclaustramiento. La mente permanece completamente lúcida, pero el cuerpo queda prácticamente inmóvil.

Durante las primeras semanas en el hospital perdió 27 kilos. Su vida, tal como la conocía, había desaparecido.

Muchos habrían pensado que todo había terminado. Pero Bauby tomó una decisión inesperada. Decidió escribir un libro.

Para hacerlo, su asistente le recitaba lentamente el alfabeto, reorganizado según la frecuencia de las letras en francés. Cada vez que escuchaba la letra correcta, Bauby parpadeaba.

Así, letra por letra. Palabra por palabra. Frase por frase. Cada página requería una paciencia casi imposible. Se calcula que el libro completo necesitó más de 200.000 parpadeos.

En medio de ese proceso dejó reflexiones profundamente humanas sobre su nueva vida. En una de ellas escribió que a veces le resultaba casi curioso que lo cuidaran como a un niño pequeño, que lo lavaran y lo envolvieran con delicadeza.

Pero en otros momentos la misma escena le parecía profundamente triste.

Y entonces una lágrima caía silenciosamente.

Tras años de esfuerzo terminó su obra La escafandra y la mariposa. El título reflejaba su realidad: su cuerpo era como una pesada escafandra que lo mantenía inmóvil, mientras su mente seguía siendo libre como una mariposa.

El libro se publicó en 1997.

Jean-Dominique Bauby falleció apenas dos días después.

Sin embargo, su historia no terminó allí. La obra se convirtió en una película aclamada internacionalmente, y su relato sigue conmoviendo a lectores de todo el mundo. Porque recuerda algo que a veces olvidamos.

La libertad de una persona no siempre depende de su cuerpo.

A veces depende de su voluntad.

Si hubieras estado en su lugar, con solo un párpado para comunicarte con el mundo… ¿habrías tenido la fuerza para contar tu historia?

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