
El Porter: El destructor que le declaró la guerra a su propio bando (y casi mata al presidente)
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Escucha, que la historia militar está llena de cafres, de tíos que se equivocaron en todo, pero el destructor yanqui USS William D. Porter se lleva la palma, la corona y el premio al más torpe de la historia. Su capitán, un pobre hombre llamado Wilfred Walter, lo llamaba «mala suerte». No, señor: eso no es suerte, es ser el rey del desastre con mayúsculas. Su primera misión era nada menos que escoltar al presidente Roosevelt. Y ahí empezó el circo.
Antes de salir del puerto, el Porter ya la lió: se olvidaron de subir el ancla del todo y el barco se enganchó a otro, arrancándole medio casco, barandas y botes salvavidas. El capitán Walter, que iba tarde, pidió perdón por encima del hombro y salió pitando. Luego, en alta mar, soltaron una carga de profundidad sin seguro y provocaron una explosión que hizo pensar a todo el convoy que había un submarino alemán. Falso: era el Porter haciendo de las suyas.
Pero lo mejor estaba por llegar. El presidente Roosevelt, que no se aburría con aquella escolta de infarto, pidió una demostración antiaérea. El Iowa disparaba a globos y el capitán Walter, ansioso por quitarse la fama de inútil, ordenó a los suyos que remataran los globos que se escapaban. Y ahí, en su momento de gloria, se le fue la pinza: ordenó un simulacro de ataque con torpedos… y lanzaron uno de verdad directo al Iowa. ¡Sí, al barco donde viajaba el presidente!
El caos fue total. El Iowa tuvo que girar en redondo, la silla de ruedas de Roosevelt estuvo a punto de irse al agua con el presidente dentro, y el capitán Walter, blanco como la pared, solo atinó a decir por la radio: «Perdón, hemos sido nosotros». ¡Perdón! Menudo titular. El Porter fue expulsado del convoy y sometido a un consejo de guerra. El marinero que se olvidó de quitar el detonador, un tal Dawson, se comió 14 años de cárcel, aunque luego Roosevelt le indultó. Como para no hacerlo.
Los mandos, hartos ya, decidieron desterrar al Porter al lugar más remoto y sin interés del planeta: las Aleutianas, en Alaska. Allí no había presidentes a los que torpedear. ¿Y qué pasó? Que un marinero borracho se puso a jugar con un cañón y metió un proyectazo en el jardín del comandante de la base, justo cuando daba una fiesta con otros oficiales y sus mujeres. Las flores, los rosales y la poca dignidad que le quedaba al barco volaron por los aires.
Por último, en el Pacífico, ya con otro comandante, el Porter siguió a lo suyo: acribilló accidentalmente a un destructor amigo, derribó cinco aviones japoneses… y también tres estadounidenses. Y su final no pudo ser más épico: un kamikaze se estrelló en el mar sin explotar, pero el avión siguió bajo el agua, pasó por debajo de la quilla y explotó. ¡El barco más incompetente de la historia fue hundido por un avión que ya estaba hundido! Toma ya.






