
Cuando la fetidez entra al debate, solo pierde la nación
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Las naciones no se quiebran primero por la pobreza de sus recursos, sino por la degradación de su palabra. Allí donde el respeto se extingue, el pensamiento se marchita; y donde el debate se envilece, la nación entera comienza a perderse a sí misma.
Houston.- Hay que centrar la mirada. Escuchar, disentir, aprobar o rechazar… pero siempre desde el respeto. Ese es el punto de partida de toda sociedad que aspire a llamarse civilizada. El diálogo no es una concesión: Es un deber cívico.
No somos —ni debemos ser— un pueblo de bárbaros. Sin embargo, cuando el pensamiento es sustituido por la diatriba, cuando el argumento cede ante el insulto, y cuando la razón es desplazada por el grito, la imagen de la nación se degrada hasta parecer la de un país empobrecido en espíritu, atrapado en la mezquindad.
El debate entre personas educadas tiene ritmo, altura y propósito. No se trata de imponer, sino de persuadir; no de aplastar, sino de construir. Rebajarlo al lodazal de las palabras sucias y la agresión visceral no es solo una falta individual: Es un daño colectivo. Cada expresión vulgar, cada ofensa gratuita, erosiona el tejido moral que sostiene a la nación.
¿Y qué queda entonces del debate?
Queda el vacío. Queda el ruido. Queda la imposibilidad de entendernos. Cuando la injuria ocupa el lugar de la idea, la conversación muere y con ella muere también la posibilidad de avanzar como sociedad.
Es necesario decirlo sin rodeos: Quien insulta porque no puede argumentar, se descalifica a sí mismo. Quien grita para imponerse, evidencia su pobreza intelectual. Y quien corrompe el lenguaje, corrompe también el espacio común donde debería florecer la convivencia.
Todos somos Cuba. Y precisamente por eso, todos tenemos la responsabilidad de cuidarla. Discrepar es sano, necesario incluso; pero insultar es oprobioso. La diferencia enriquece, la ofensa degrada.
Toda idea merece ser escuchada, pero ninguna idea está exenta de ser cuestionada. Esa es la esencia del pensamiento libre. Ahora bien, cuestionar no es destruir, ni debatir es humillar.
Mi planteamiento es claro: mesura, valores, humildad y razones. Sin estos pilares, no hay debate posible; y sin debate verdadero, no hay nación que se sostenga.
La pregunta final es incómoda, pero imprescindible:
¿Queremos ser un pueblo que piensa… o un coro que grita? ¡Está claro!






