Comparte esta noticia

Por Renay Chinea ()

Barcelona.- Hace unos meses, un suceso escabroso, conmocionó un aburrido paraje de un puñado de casas, en un escondido lugar de un país sudamericano. Un vecino uruguayo de los de toda la vida, tenía un perro en ese caserío tremendamente anodino, llamado grandilocuentemente Empalme Olmos, en el Departamento de Canelones.

Un día, de a poquito, de uno en uno, fueron llegando cubanos a aquel lugar. Y comenzaron a resaltar como moscas en la leche. Música a deshora, basura fuera de los contenedores, motos, gritos, guasa, bulla… y dominó.

Algo le falla al cubano con el silencio. Y al uruguayo con el sonido. Si ampliamos la lupa, ese es el punto máximo de fricción. El lugar del vértice donde el que está al lado, se opone por el vértice.

Hace 20 años, cuando llegué por primera vez a Uruguay, no sé si había 20 cubanos en el país. Eran los días en que huyendo del invierno boreal, me iba al verano austral y me asentaba cómodamente al cobijo de mi amigo uruguayo Teddy, en Punta del Este.

Pero pocos habían visto un cubano por allí. Los únicos asiduos éramos Paquito de Rivera, como Director Honorario del Festival Internacional de Jazz de Punta del Este… y yo. De modo que, cubanos, lo que se dice cubanos por la directa vía, no. Hasta que fueron llegando.

Una famosa broma antropológica dice que, efectivamente, el mejor asado del mundo es con carne argentina, pero… el asador debe ser uruguayo.

Esa especie de “Empate Técnico” no es que venga a exaltar el pedigree de la carne argentina, sino a describir el carácter parsimonioso de los uruguayos. Un país con gente tranquila, pausada… y tendiente al “ta to bien” y al aburrimiento.

Allí han aterrizado los cubanos y venezolanos. Una algazara de efusividad caribeña en la tranquila pampa. Y allí se ganan la vida.

Es curioso que a emigrar no lo enseña nadie. Si bien es uno de los oficios más viejos del mundo. Dejar todo atrás y largarse es un puro y duro aprendizaje al que se llega por tanteo y decantación. El meollo sería como vivir en casa de otro, bajo tensión.

En el Libro VI de “Confesiones” narra San Agustín de Hipona un episodio con San Ambrosio, quien entonces era el poderoso Obispo de Milán. La duda de Santa Mónica, devota madre de Agustín, era qué hacer con el ayuno, pues en Roma se guardaba ayuno los sábados y en Milán no.

Consultado el Obispo, este les respondió: «Si fueris Romae, Romano vivito more; si fueris alibi, vivito sicut ibi». («Si estás en Roma, vive al modo romano; si estás en otra parte, vive como viven allí».)

Estaba claro: vive como viven allí, que luego la tradición castellana dejó en “a la tierra que fueres, haz lo que vieres” con ese regusto tan castizo.

Una fría mañana de diciembre, hace ya muchos años, estaba yo recién llegado a Madrid. Trabajaba ilegalmente en un trabajito grotesco que me daba para subsistir y poco más. Un compañero de trabajo me delató por unos detalles que no vienen al caso ahora. El asunto es que me delató. Y allí estaba yo, después de 12 horas de trabajo sentado en una piedra, y en cada bolsillo una.

Juré toda la noche que apenas se bajara de la moto, con una de esas piedras le iba a romper el cráneo al soplón. Pero mi amigo Ignacio iba pasando por allí. Le conté el suceso y me puso la mano en el hombro.

—Ven, que te acompaño a la parada— me dijo. En España, no actuamos así. Y tú, ni quieres ni te mereces acabar en un centro de Detención de Inmigrantes Ilegales.. que es lo que te va a pasar.

El perro de Eduardo, el joven uruguayo vecino de Empalme Olmos, se llamaba Ruffus, y como aquella oración de Quiroga, no existe más.

Ruffus, noble y juguetón, correteaba en la calle de ese villorrio donde nunca pasa nada… hasta que el cubano pasó por allí.

—Asere, o amarras el perro o lo mato. Porque cada vez que paso en la moto, me ladra— dijo el cubano frente a casa de Eduardo, machete en mano.

—Bueno, si lo matas, irás preso— respondió Eduardo.

En México, hace unos días, el descalabro inmigratorio volvió a aparecer.

Un cubano alimentaba un perro callejero. Y un mexicano iba pasando a pie. En un traspiés, un pisotón, un enredo, trasciende que el perro muerde al mexicano.

Y este va tranquilamente a preguntarle al cubano si el perro estaba vacunado.

El cubano salió con la boca llena… comiendo… y le soltó un piñazo.

El cubano de Uruguay sacó el machete y cortó en dos a Ruffus, que se desangró en el acto.

En México y Uruguay sienten un desprecio incontrolable contra ese yo, sentado en una piedra, una fría mañana de diciembre, soñando con romper un cráneo.

Hay que despojarse de ese cubano que uno lleva dentro y nos persigue, como aquel perrito chino, que cuando salí de La Habana venía detrás de mí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy