Ni hachas ni bancos rotos: la bancarrota era sexo duro con la piedra

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- A todos nos han vendido el mismo cuento chino, y la mayoría lo hemos tragado con patatas. Ese de que la palabra «bancarrota» viene de que en el Medievo, cuando un prestamista no podía pagar, las autoridades iban con un hacha y le partían la mesa de madera en plena plaza pública. Muy visual, muy narrativo, muy de película de romanos. Pues mentira. Lo siento, pero la realidad es más fea, más burocrática y mucho más humillante. Y no, no rompían bancos. Rompían vidas. Pero vayamos por partes.

La expresión «banca rotta» viene del italiano medieval, sí. Pero el verbo «rompere» no significaba necesariamente astillar madera. En el lenguaje legal de la época, «romper» se usaba para hablar de la quiebra de un contrato, del incumplimiento de una promesa, de un vínculo de confianza que se iba al garete. Cuando un comerciante se declaraba insolvente, su negocio estaba «roto» porque la fides, la palabra dada, había desaparecido. Y en una economía basada en la reputación, eso era peor que perder una mesa de pino. Era la muerte en vida. Pero claro, eso no vende entradas. Lo vende es el hachazo.

El origen real de la palabra bancarrota

Si nos ponemos rigurosos, que aquí sí vamos a hacerlo, y repasamos el Statuto di Genova de 1413 o las ordenanzas de la Mercanzia en Florencia, no encontramos ni una sola ley que hable de romper muebles. Ni una. De hecho, destrozar el banco habría sido una tontería, porque el banco era del prestamista, no del ayuntamiento. Así que no, no había hachas. Lo que había era un mecanismo mucho más perverso: la inhabilitación, la expulsión del gremio, el borrón y cuenta nueva en los libros. Adiós reputación, adiós negocio, adiós vida social. Tu banco no estaba roto. Tú estabas roto. Y eso es más aburrido de explicar.

Pero si lo que buscan es drama, espectáculo y morbo, la historia real tiene algo mucho más jugoso que un hacha. Porque en ciudades como Florencia o Padua, el castigo por insolvencia no era una mesa partida. Era la Piedra del Vituperio. El deudor, condenado por el tribunal, era llevado al centro del mercado, bajaba los pantalones y debía golpear sus nalgas desnudas tres veces contra la fría piedra mientras gritaba: «¡Cedo bona!» (¡Cedo mis bienes!). Eso, amigos, es lo que llamaban la bonorum cessio col nudo culo. No es un chiste. Es una instrucción procesal literal. El tío, en pelotas de cintura para abajo, dándose de hostias contra el mármol delante de todo el pueblo.

¿Y el banco? El banco seguía entero. Pero su reputación quedaba hecha trizas, y nadie volvería a confiarle ni un duro. Así que ya saben. La próxima vez que alguien les suelte el cuento del hacha y la mesa de madera, corríjanle con cariño. Y si quieren épica, cuéntenle lo del culo al aire contra la piedra. Porque la historia, a veces, es más guarra que heroica. Y desde luego, más humillante. Pero el mito del hacha es más bonito. Y la gente, ya se sabe, prefiere las mentiras bien contadas a las verdades con glúteos.

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