El round que nadie gana

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En 1990, Sylvester Stallone no solo le dio un papel a su hijo: le dio el papel más difícil de interpretar. Sage Stallone se puso en la piel de Robert Balboa Jr., el hijo que veía a su padre tan absorto en sus propias batallas que apenas le quedaba tiempo para él. La ficción, como suele ocurrir, era un espejo incómodo de la realidad. Pero nadie podía imaginar que, veintidós años después, la vida se encargaría de escribir el final más cruel.

El 13 de julio de 2012, Sage fue encontrado sin vida en su casa de Los Ángeles. Tenía 36 años. La noticia fue un tsunami de rumores: drogas, excesos, sobredosis. Mientras la familia intentaba asimilar el golpe, las especulaciones volaban como buitres. Stallone, que había construido su carrera sobre la imagen del héroe imbatible, pidió públicamente que se detuvieran. Su hijo era más que los titulares que empezaban a escribirse sobre su muerte.

La autopsia se encargó de callar a los rumores. Sage no había muerto de una sobredosis. Fue un ataque al corazón. Una enfermedad coronaria aterosclerótica, de esas que no avisan y que no entienden de edades. 36 años. La misma edad que tenía su padre cuando empezaba a ser Rocky. La vida, a veces, tiene un sentido del humor macabro.

No todos los golpes permiten levantarse

Pero Sage era más que el hijo de Stallone. Amaba el cine, pero no el de las superproducciones, sino el de las películas olvidadas, las que nadie recordaba. En 1996 fundó Grindhouse Releasing, una empresa dedicada a rescatar del olvido joyas del cine de culto. También actuó, produjo y dirigió. Pero la imagen que más perduró fue la de aquel hijo distante en Rocky V. Años después, Stallone reconocería que la relación entre Rocky y su hijo había tomado prestados elementos de su propia vida. El arte, una vez más, imitaba a la realidad.

Tras la muerte de Sage, Stallone regresó al trabajo. Las cámaras volvieron, Rocky también. Pero cuando le preguntaron si interpretar de nuevo al personaje le había ayudado a procesar la pérdida, reconoció que usar emociones reales podía ayudar, pero que lo importante era respetar la memoria de su hijo.

Rocky siempre enseñó que se puede caer y levantarse. Pero la muerte de Sage añadió una lección más dura: hay golpes que no se vencen. No hay revancha ni último asalto que pueda cambiar lo ocurrido. A veces, levantarse significa solo aprender a seguir caminando con la ausencia de quien ya no está.

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