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title: "Cascajal: la sangre que no se olvida"
date: 2026-09-18T12:59:05Z
modified: 2026-09-18T12:59:05Z
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excerpt: En Cascajal, Villa Clara, una guerra de clanes ancestral estalló con violencia brutal. Descubre la historia de sangre, honor y la crisis que la alimenta.
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featured_image_alt: En la foto, cartel en la Carretera Central que anuncia que los vehículo llegaron a Cascajal
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Por Patxi Morales ()

Santa Clara.- Hay pueblos en Cuba que no aparecen en los mapas del turismo, pero sí en los mapas del dolor. Cascajal, en el municipio Santo Domingo de Villa Clara, es uno de ellos. Un caserío donde la tierra olía a caña y a sudor, donde los gallos cantan al amanecer como si nada, pero donde las familias llevan siglos midiendo su honor en surcos y en cercas. Allí, donde los linderos se discuten con el machete en la mano y la palabra se vuelve filo, dos apellidos —Martínez y Pruneda— escribieron con sangre una de esas páginas que la literatura cubana, tan dada al realismo mágico de la miseria, no se atrevería a inventar.

Lo de Cascajal no fue un crimen pasional, ni un asalto, ni un accidente de esos que el parte policial despacha con una línea. Fue algo más antiguo, más hondo, más terrible: fue una guerra de clanes. De esas que Shakespeare puso en Verona con los Montesco y los Capuleto, y que Mark Twain retrató en el Arkansas de los Grangerford y los Shepherdson, donde los muchachos mueren antes de saber por qué. Solo que aquí no había espadachines de capa ni caballeros del Mississippi: había campesinos cubanos, con botas de goma y camisa remendada, matándose a acero limpio por una vaca, por un caballo, por una cerca corrida tres metros hacia el lado equivocado.

La mecha, dicen los que saben, venía ardiendo desde meses atrás. Vacas que aparecían en el corral del vecino, caballos que se perdían en la noche y amanecían en la finca de enfrente, linderos que se movían solos cuando nadie miraba. Yoel Martínez ya había probado el filo antes: terminó hospitalizado, gravemente lesionado, en uno de esos encontronazos que en el campo cubano no se denuncian en la estación, se cobran en la próxima luna. Y cuando «El Bobo» —Yoany Martínez, según algunas versiones— salió de un pase de prisión, algo se quebró definitivamente en el equilibrio frágil que mantenía a las dos familias en una paz armada.

## La noche sin testigos

La noche en que todo estalló no tuvo testigos imparciales. Los Martínez, según reconstruyen los testimonios, caminaron hacia la propiedad de Yoelvis Pruneda, «El Ahorcado», portando machetes y cuchillos. No había pólvora, no había disparos que alertaran a la vecindad: solo el sonido sordo del acero contra la carne, el grito ahogado de los hombres, el galope de los caballos asustados. Con los días, cuatro cuerpos, cuatro cadáveres, y dos familias rotas. Entre ellos, Soelvis Pruneda, hijo de Yoelvis, y Yordanis Martínez, «El Enano». «El Bobo» también cayó, aunque su identidad aún se verifica entre las versiones.

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Pero la tragedia, como todas las tragedias verdaderas, no terminó ahí. Mientras los heridos eran atendidos en el policlínico de la zona, Yorelvis Pruneda llegó al centro asistencial y, según testimonios, remató a Yordanis Martínez, «El Enano», mientras este yacía en una camilla. Imaginen la escena: el olor a sangre, las madres llorando en los pasillos, y un hombre que entra a cobrar la última deuda, sin piedad, sin prisa, con la calma de quien sabe que ya no tiene nada que perder. Eso no es un crimen. Es una guerra.

## Rumores… y silencio oficial

Las autoridades, como suele ocurrir en estos casos, guardan un silencio que pesa más que cualquier comunicado. No hay parte oficial, no hay cifras, no hay nombres. Solo el rumor que corre de boca en boca, de batey en batey, como corría antes la noticia de las guerras de independencia. Mientras tanto, en Cascajal, las madres lloran a sus hijos con ese llanto antiguo que no necesita traducción, y los vecinos se encierran tras sus puertas, sabiendo que la próxima luna puede traer otro nombre, otra cerca, otra vaca perdida.

Cuba se está desangrando en silencio. No solo en las ciudades, donde la violencia urbana crece como la cizaña, sino en el campo, donde la crisis ha convertido la tierra en un campo de batalla. Cuando el Estado no garantiza comida, ni luz, ni seguridad, el hombre cubano vuelve a sus instintos más primarios: el de la manada, el del clan, el del machete. Y los muertos se acumulan detrás del silencio oficial, como se acumulaban antes los cadáveres de la guerra, sin nombre, sin tumba, sin epitafio.

Cascajal no es una excepción. Es un espejo. Es el reflejo de un país donde matar al de al lado se ha vuelto, tristemente, una forma de resolver lo que la ley no resuelve. Cuatro vidas menos, dos familias destrozadas, un pueblo que no podrá mirar a la tierra de la misma manera. Y mañana, otro parte que nadie va a leer en la televisión. Pero aquí, en estas líneas, queda escrito. Para que no se olvide. Para que alguien, algún día, pregunte por qué.

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