No fue el vagón, fue la roca

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Tenía catorce años, dos cubos en las manos y el cuerpo cubierto de grasa y carbón. Se llamaba Henry, pero todos le decían Shorpy. Trabajaba en una mina de Alabama engrasando los mecanismos para que los vagones no se detuvieran. Un trabajo de hombre para un niño que acababa de cumplir los años que decía tener.

Lewis Hine lo fotografió en 1910. No buscaba retratos bonitos: buscaba pruebas. Anotó que aquel muchacho podía morir atropellado por un vagón de carbón en cualquier momento. Era una advertencia, un dato, una forma de decirle al mundo que los niños no debían estar ahí. La foto quedó. La advertencia también.

Shorpy sobrevivió a la mina, a la guerra y al regreso. En 1918 se alistó, pero la contienda terminó antes de que lo enviaran a matar o a morir. Volvió a Alabama. Volvió a las minas. En 1927 se casó con Flora Belle. La vida parecía darle una tregua. Una tregua corta, como todas.

El 19 de noviembre de 1927, dos meses después de la boda, una roca le cayó encima en una mina de Sayre. No fue un vagón. No fue el carbón. Fue una piedra. Estuvo nueve días en el hospital. Murió el 25 de enero de 1928. Tenía treinta y un años. Su esposa estaba embarazada.

Hine había fotografiado a Shorpy para mostrar el peligro de crecer alrededor de una mina. Temía que un vagón lo matara. Fue una roca. Diecisiete años después. El destino no lee las advertencias. Solo espera. Y cuando menos lo esperas, te tira una piedra.

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