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or Pablo Alfonso ()

Santiago de Chile.- Madruga volvió a madrugar. Pero no para amanecer con pan en las mesas de sus habitantes, ni con mejores servicios, ni con un respiro para un pueblo agotado. Madrugó, otra vez, para ofrecer circo.

El municipio mayabequense fue designado sede de las celebraciones por el 26 de julio, después de haber acogido también los actos del Primero de Mayo. Dos fechas convertidas por el poder en vitrinas de propaganda, mientras la realidad cotidiana transcurre entre apagones, escasez y desesperanza.

Resulta inevitable preguntarse qué es exactamente lo que se premia. ¿Los resultados económicos? ¿La prosperidad de sus ciudadanos? ¿El desarrollo del territorio? Basta recorrer Madruga, Güines o cualquier rincón de Mayabeque para comprobar que la respuesta no está en las calles.

El 26 de julio es presentado oficialmente como el inicio de una epopeya revolucionaria. Otros cubanos, sin embargo, lo interpretan como el recuerdo de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, acciones armadas que dejaron muertos y familias enlutadas.

También recuerdan que, al año y 10 meses, Fulgencio Batista indultó a los participantes encarcelados por aquellos hechos. En contraste, más de un lustro después de las protestas del 11 de julio de 2021, centenares de personas continúan privadas de libertad por su participación en aquellas manifestaciones, una diferencia que sigue alimentando un intenso debate político e histórico.

¿Celebraciones?

Confieso que me duele ver estas celebraciones. No porque la música o la alegría sean reprochables, sino porque cuesta encontrar motivos para festejar cuando tantos cubanos sobreviven en medio de una crisis que parece no tener fin. Más doloroso aún es comprobar cómo parte del propio pueblo termina participando en una escenografía diseñada para transmitir una imagen de normalidad.

Pienso en los rumberos de Mayabeque, encabezados por el talentoso Raúl Cabrera, un músico cuyo profesionalismo merece respeto. Y precisamente por ese respeto surge la pregunta: ¿cómo logra un artista separar el inmenso patrimonio cultural que representa de la realidad que viven sus propios compatriotas? ¿No padecen también los apagones, la escasez, las mismas carencias que afectan al resto de la población?

La rumba fue declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad porque simboliza la identidad, la resistencia y la diversidad cultural de Cuba. Esa distinción reconoce una expresión nacida del pueblo, forjada entre quienes encontraron en el tambor una forma de afirmar su dignidad frente a la adversidad.

¿Qué identidad?

Por eso resulta inevitable preguntarse: ¿qué identidad representa hoy una rumba utilizada como telón de fondo para un acto político? ¿Qué resistencia expresa cuando acompaña un discurso oficial mientras miles de familias enfrentan privaciones cotidianas? ¿Qué autoestima proyecta cuando el arte parece ponerse al servicio del poder y no del pueblo que le dio origen?

Los antepasados que hicieron de la rumba un símbolo de dignidad difícilmente imaginaron que, un día, sus tambores servirían para amenizar ceremonias oficiales en medio de una nación sumida en una profunda crisis. Aquellos hombres y mujeres convirtieron el ritmo en una afirmación de libertad. Esa es, quizás, la esencia que nunca debería perderse.

Porque el problema no es la rumba. El problema nunca ha sido la cultura. El problema aparece cuando el poder utiliza la cultura para ocultar la realidad.

Y, por más escenarios, tambores y consignas que se levanten, ninguna celebración podrá borrar una verdad elemental: un pueblo que no tiene razones para sonreír difícilmente encontrará motivos auténticos para festejar. Cuba es mucho más grande que cualquier acto oficial, y también mucho más grande que quienes pretenden hablar en nombre de todos los cubanos.

La rumba jamás fue un canto a la obediencia. Nació en los barracones, entre hombres y mujeres que conocieron el abuso, la humillación y el látigo. Fue refugio, identidad y, sobre todo, un acto de rebeldía. Sus tambores no fueron creados para marcar el paso de los poderosos, sino para recordar que ningún poder es eterno. Por eso, la rumba no nació para aplaudir al poder; nació para enfrentarlo.

Cada golpe de tambor debería ser un latido de libertad y no el eco de la propaganda. El día en que la cultura deje de servir al pueblo para servir al poder, dejará de ser cultura para convertirse en un simple instrumento de sumisión. La verdadera rumba, la de nuestros ancestros, nunca pidió permiso para ser libre. Y tampoco nació para rendirse.

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