No habrá perdón, ni olvido

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Por Oscar Durán

La Habana.- Hay arrepentimientos que nacen de la conciencia y otros que aparecen cuando el viento deja de soplar a favor. El texto en Facebook de Jorge Pedro Velázquez, El Necio, intenta presentarse como una reflexión íntima, casi una confesión, pero deja demasiadas preguntas sin responder.

Quien durante años ayudó a sostener el relato oficial ahora habla de cansancio, de crisis y de la desconexión entre las calles y las redes. Resulta inevitable preguntarse dónde estaba esa sensibilidad cuando tantos cubanos denunciaban exactamente lo mismo y eran tratados de mercenarios, extremistas o enemigos de la patria. Descubrir la realidad después de haber servido al poder no convierte automáticamente a nadie en referente moral.

El pasaje más revelador no es el que describe la falta de agua, los apagones o el refrigerador vacío. Todo eso lo padece el pueblo desde hace demasiado tiempo. Lo verdaderamente significativo es la frase en la que admite que, si alguna vez necesitó complacer, aquello formó parte de su proceso. Esa línea pretende resumir años de complicidad con una estructura propagandística que utilizó a periodistas e influencers para desacreditar a quienes denunciaban el desastre nacional. Un reconocimiento tan ambiguo no alcanza para cerrar una etapa ni mucho menos para borrar la responsabilidad acumulada.

Las llamadas ciberclarias no son simples espectadores de la decadencia cubana. Muchas participan activamente en campañas de descrédito, legitiman la represión y ridiculizan el sufrimiento ajeno con consignas repetidas hasta el cansancio. Ahora que la crisis humanitaria resulta imposible de esconder, algunos intentan reinventarse bajo el discurso de la reconciliación y la libertad de expresión.

El problema no reside en que cambien de opinión; el problema aparece cuando pretenden hacerlo sin asumir con claridad el daño causado ni pedir perdón a quienes señalaron desde la comodidad del poder.

Nadie debería ser condenado por rectificar. Rectificar exige valentía. Lo inaceptable es convertir el arrepentimiento en una operación de maquillaje. La credibilidad no se recupera con un texto ni con una pausa prolongada en las redes sociales. Se recupera diciendo toda la verdad, nombrando a los responsables, reconociendo el papel desempeñado y aceptando las consecuencias de los actos propios. Sin ese ejercicio de honestidad, cualquier regreso se parece más a un cambio de estrategia que a una transformación auténtica.

Cuba necesita periodistas libres, no propagandistas reciclados. También necesita memoria. La reconciliación solo puede construirse sobre la verdad, nunca sobre el olvido interesado. Quienes durante años sirvieron al aparato de propaganda tienen todo el derecho a abandonar ese camino, pero no pueden exigir absoluciones automáticas ni presentarse como víctimas exclusivas de un sistema que también ayudaron a sostener.

El tiempo dirá si Jorge Pedro Velázquez decidió romper definitivamente con ese pasado o si este nuevo discurso no pasa de ser otro capítulo en la larga historia del oportunismo político.

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