La muerte que no se llora

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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- Todavía guardo dentro de mí las enseñanzas que recibí de niño: no alegrarme de la muerte de ningún ser humano. Sin embargo, ¿quién no sintió cierta comodidad y hasta dulzura cuando en 1945 se dio la noticia de la muerte de Adolf Hitler?

No lo viví, pero el mundo celebró, al igual que lo hizo cuando se fueron Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Sadam Husein, Fidel Castro, Alí Jamenei y otros que ensombrecieron la historia de la humanidad.

Los humanos tenemos memoria y sabemos perfectamente cuándo un alma que desencarna hizo el bien o el mal. Hoy, en el Día de los Padres, muere Ramiro Valdés, comandante histórico de eso que llamaron «Revolución». Fue famoso por sus atrocidades y su actuar sanguinario; miles de cubanos respirarán mejor al saber que el eje del mal ha soltado una pieza.

Qué terrible debe ser sentir a nuestro lado la sombra de la muerte, la oscuridad que crece y lo abarca todo, sabiendo que matamos e hicimos llorar a miles de personas. Debe ser como la retribución, la paga, la moneda de cambio que vuelve a recordar que no todas las muertes son iguales y que alguien —en este caso muchos— va a recibir la noticia con más deseos de vivir. Entonces comienza esa reunión donde tienes que pagar, una a una, todas las crueldades que un día cometiste.

Que me perdone mi madre, que nunca supo odiar, y mi padre, hoy en su día; pero no tengo otra alternativa que abrir una botella de vino tinto y dar las gracias a la vida, porque borró de un tirón a uno de los individuos más abusadores y asesinos que ha dado la isla de Cuba.

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