
La condición filosa
Por Hermes Entenza ()
Nuremberg.- El piolet es una herramienta peligrosa. Su pico, forjado en acero especial, brinda seguridad en la inmensidad de una montaña helada al ganar altura mediante la agresión constante al hielo. Pero también puede matar; cualquier objeto puntiagudo, en las manos adecuadas, se convierte en el instrumento de esa desproporción llamada crimen.
Michel Torres Corona no sabía nada de esta herramienta hasta que un día, en el preuniversitario, leyó que, por orden de Iósif Stalin, el activista León Trotski había sido asesinado con un piolet en su casa de Coyoacán en 1940. La información penetró en su mente con la misma facilidad con que una cuchara atraviesa un pudín.
El joven Michel, víctima constante de bullying y acoso, sintió una inmensa alegría al leer que Stalin fue la inteligencia vital tras el fin de su enemigo. El suceso histórico le aportó una dosis de esperanza para sobrevivir en su propio medio hostil.
A los tres años, su madre notó que, al dormir, el niño emitía sonidos extraños que no se parecían en nada a los ronquidos o al babeo gutural de una persona normal. Tras meses de incertidumbre, y con un pecho que sonaba como un acordeón, lo llevó a un especialista. El diagnóstico fue dramático: Michel poseía la condición de «Situs Inversus», una anomalía donde los órganos están ordenados al revés dentro de ese barril de piel y grasa que llamamos cuerpo.
Como daño colateral, le hallaron cuatro dientes caninos incrustados en la garganta, responsables de su resonancia distópica. También localizaron en su cabeza un vacío del grosor de un huevo de gallina; un espacio propenso a acumular gases cerebrales con un hedor tal que, en la adolescencia, le provocaría migrañas feroces, además de flatulencias crónicas y reflujo estomacal. Pese a esto, los médicos dictaminaron que el situs inversus no era un impedimento grave, pues afecta a uno de cada 50.000 habitantes en el orbe.
Sin embargo, la noticia se propagó. Al llegar a la adolescencia, Michel se convirtió en el blanco de chistes y burlas, apodado cruelmente como el «muñecón a la zurda».
Incapaz de dormir, se preguntaba por qué nació con tales maldiciones. De tanto lamentar su naturaleza «al revés», sus flujos y el globo de vacío en el cogote, descubrió que si era un hombre invertido, debía estudiar Derecho. Y así lo hizo.
No fue un estudiante brillante, especialmente tras descubrir su fetiche: el piolet. Decidió hacer vida política para resarcir su personalidad, hasta entonces irredenta. Hoy colecciona piolets de todas las formas y tamaños, industriales y artesanales, usándolos como símbolos de agresión contra cualquiera que ose cuestionar sus declaraciones.
Cuando asume sus comentarios en el programa «Con filo», –nombre que nos recuerda el guayabazo en la cabeza de Trotski–, piensa en el momento exacto cuando la aguda pieza entra en la cabeza de alguna persona que muestra desacuerdo con su tesis.
En cada viaje al exterior, su prioridad es rastrear mercados de esta herramienta deportiva. En casa, los limpia semanalmente, los besa y los adora como objetos místicos y amatorios.
En el fondo de su alma —según algunos teóricos—, ese talismán capaz de horadar cráneos se ha convertido en un arquetipo inaccesible. En su fuero interno, Michel sueña con que un piolet de su colección le abra la cabeza con precisión quirúrgica para alcanzar ese vacío en su masa gris y así, con la misma «ternura» con que Ramón Mercader agredió a Trotski, liberar al éter el hedor acumulado en su mollera.






