Mario García Menocal: el mayoral que gobernó Cuba entre el azúcar y los cañonazos

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Mario García Menocal nació con la guerra en los genes. Vino al mundo en 1866 en un ingenio azucarero de Matanzas, en una Cuba todavía española, y a los dos años su familia ya estaba en el exilio por apoyar a los insurrectos.

El joven Mario se crió entre Estados Unidos y México, estudió ingeniería en Cornell y, cuando volvió a la isla, no dudó en alzarse en armas en 1895. Fue uno de los generales más jóvenes del Ejército Libertador, bravo en combate y cercano a Calixto García, a quien acompañó en la toma de Las Tunas, donde casi pierde la vida.

La independencia lo dejó con grados militares, contactos políticos y una idea fija: modernizar Cuba, aunque fuera a golpe de pragmatismo.

Antes de llegar a la presidencia, Menocal ya era un hombre de dos mundos: el de los mambises y el de los negocios. Administró el central Chaparra, uno de los más grandes del mundo, y se codeó con la élite económica mientras el país se debatía entre la influencia estadounidense y las peleas entre liberales y conservadores.

En 1912, el Partido Conservador lo lanzó como candidato presidencial, y ganó. Prometió orden, progreso y menos despilfarro, pero sobre todo, prometió ser el hombre fuerte que Cuba necesitaba.

La Danza de los Millones

Su primer mandato (1913-1917) coincidió con la bonanza del azúcar durante la Primera Guerra Mundial. La «Danza de los Millones» llenó las arcas del Estado, y Menocal invirtió en escuelas, hospitales y carreteras. Creó el peso cubano, profesionalizó la enseñanza y hasta promulgó la primera ley de divorcio, supuestamente para ayudar a su hermano.

Pero también fue el presidente que miró hacia Washington con complicidad: cuando los liberales se alzaron contra su reelección en 1917 (la revuelta de La Chambelona), llamó a los marines estadounidenses para proteger los ingenios azucareros. La sombra de la intervención siempre estuvo ahí.

El segundo mandato (1917-1921) fue más turbulento. La posguerra hundió el precio del azúcar, la economía se desinfló y Menocal pasó de héroe a villano. Lo acusaron de autoritario, de manipular elecciones y de gastar sin control.

Cuando entregó el poder a Alfredo Zayas en 1921, Cuba estaba en crisis y su reputación, hecha añicos. Pero Menocal no era de los que se retiraban en silencio. Siguió en la política, conspiró contra Machado, se exilió y hasta volvió a candidatearse en 1936, aunque ya era un fantasma de otra época.

La muerte y el olvido

Murió en La Habana en 1941, a los 74 años, sin haber perdido ese aire de hacendado militar que lo definió.

Los castristas lo borraron de la historia oficial, pero su legado es incómodamente tangible: el hospital Calixto García, las escuelas rurales, incluso el peso cubano que sobrevivió hasta 1961.

Fue un hombre de contradicciones: independentista pero cercano a EE.UU., modernizador pero conservador, déspota para sus rivales y leal con sus amigos.

Hoy su estatua ya no está en El Vedado (ahora hay una de John Lennon), y su nombre suena más en los libros de historia que en las calles.

Pero Menocal sigue siendo un símbolo de esa Cuba próspera y conflictiva, la de los ingenios y los cañonazos, la que bailó con los millones y se despertó con la quiebra. Un tipo que, como todos los grandes personajes, no cabe en una sola anécdota.

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