
Cuba no sale de una para entrar en otra
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El séptimo apagón nacional en lo que va de 2026 ha vuelto a sumir a Cuba en la oscuridad y la falta de energía. Esta vez, el Sistema Electroenergético Nacional (SEN) colapsó cuando apenas comenzaba a recuperarse del fallo anterior, que había ocurrido menos de 24 horas antes.
La compañía estatal Unión Eléctrica (UNE) echó mano del mismo libreto de siempre: «eventos meteorológicos» que afectaron las líneas de transmisión y sacaron de servicio a las unidades generadoras. Pero los cubanos, que ya conocen la letra de esta canción, saben que el clima no es el culpable, sino la gotera de un techo que lleva décadas sin reparar.
El domingo a las 22:43, la isla se quedó a oscuras. Y antes de que los motores de arranque pudieran encender una luz de esperanza, la tarde del lunes trajo otro golpe. El proceso de restauración, ese ritual lento y laborioso que puede durar más de 24 horas, se interrumpió de nuevo.
Mientras las autoridades hablaban de «trabajar intensamente» para revertir la situación, los cubanos seguían sin electricidad, sin agua, sin ventiladores, sin neveras, sin vida. Los mismos que anuncian hospitales iluminados y circuitos restablecidos son los que han dejado que el sistema energético se pudra hasta los cimientos.
Muchas culpas y un solo responsable: el gobierno
Porque el problema no es un chubasco ni una nube traviesa. El problema es que el gobierno ha preferido invertir en hoteles vacíos y discursos triunfalistas antes que en mantener una red eléctrica que ya era obsoleta cuando los soviéticos intentaron remendarla un poco.
Las termoeléctricas, que deberían ser el pilar de la generación, se caen como fichas de dominó porque nadie las ha cuidado. Y el combustible, ese que necesitan para funcionar, escasea porque el régimen ha sido incapaz de garantizar un suministro estable mientras se enfrasca en su eterna pelea con el bloqueo, que es real, pero no explica por qué las calderas explotan y los transformadores revientan.
Este séptimo apagón no es un accidente, es la consecuencia lógica de una gestión que ha convertido la escasez en política de Estado. Mientras la UNE informa con gravedad sobre los «eventos meteorológicos», la gente en los barrios se las ingenia con velas, linternas y generadores que apenas alumbran la desesperación.
Los cubanos no salen de una para entrar en otra: salen de un apagón para entrar en otro, de una mentira para entrar en otra, de una promesa para entrar en otra. Y siempre con la misma banda sonora: el gobierno echándole la culpa al imperio, al clima, a los ladrones de aceite, a todo menos a su propia incompetencia.
Habrá un ocatavo… y otros
Mientras tanto, la economía se desmorona. La CEPAL estima que el PIB se contraerá un 6,5% este año, tras una caída acumulada del 15% en los últimos cinco años. Los hoteles están vacíos. Las fábricas, sin energía, paralizadas. Y los cubanos, sin trabajo, sin comida, sin agua, sin medicinas, sin nada, siguen esperando que alguien, desde el poder, decida dejar de culpar al bloqueo y empiece a gobernar. Pero eso no va a ocurrir, porque el régimen ha convertido la crisis en su única herramienta de control. Sin apagones, sin escasez, sin miedo, ¿qué les quedaría para justificar su existencia?
Cuba no sale de una para entrar en otra. Cuba no sale de ninguna, porque el sistema está diseñado para que el pueblo esté siempre en el borde del abismo, siempre pendiente de la próxima catástrofe, siempre demasiado ocupado sobreviviendo para preguntarse por qué todo se desmorona.
Y mientras el gobierno se escuda en «eventos meteorológicos» y en el «bloqueo genocida», el pueblo sigue en la oscuridad, esperando que el séptimo apagón sea el último. Pero no lo será. Habrá un octavo, un noveno, un décimo. Porque en Cuba, el único pronóstico que nunca falla es que las autoridades siempre encontrarán una excusa, y los cubanos, siempre, serán los que paguen la cuenta.






