
El medallero que el castrismo quiere esconder
Por Fernando Clavero ()
La Habana.- Durante décadas, cuando Cuba dominaba el medallero de los Juegos Centroamericanos, los medios oficiales no podían contener la euforia. Granma, Juventud Rebelde y Prensa Latina se llenaban de tablas actualizadas, gráficos comparativos y análisis triunfalistas del “sistema deportivo revolucionario”.
Cada medalla de oro era una prueba irrefutable de la superioridad del modelo castrista. Pero hoy, en Santo Domingo 2026, el silencio ha sustituido a la fanfarria. El medallero ha desaparecido de las páginas oficiales. No hay sección dedicada. No hay actualizaciones diarias. No hay orgullo. Solo un silencio cómplice que grita más que cualquier titular.

Y es fácil entender por qué. Mientras los medios oficiales se entretienen reseñando algún triunfo aislado —un oro en judo aquí, una medalla en lucha allá—, el medallero general cuenta una historia muy distinta. A estas alturas de los Juegos, Cuba suma 31 medallas de oro, 26 de plata y 36 de bronce, para un total de 93 preseas.
Esa cifra, vista en perspectiva, es demoledora: la mitad de las que ha conseguido Colombia y menos de un tercio de las de México. La otrora dueña absoluta del deporte regional ha sido reducida a una tercera posición, y sus antiguos dominios han pasado a manos de mexicanos y colombianos.
El deporte, otra ficción del castrismo, también va a pique
El contraste con el pasado es brutal. Hace apenas una década, Cuba llegaba a estas citas y barría el medallero como un huracán. Los periodistas oficiales, entonces, no se cansaban de alabar las bondades del sistema deportivo cubano: las escuelas de iniciación, el apoyo estatal, la mística revolucionaria. Todo era motivo de celebración y propaganda. Pero ahora, cuando la realidad ha decidido no acompañar el relato, el castrismo ha optado por la estrategia que mejor conoce: el silencio. No hay medallero en Granma, no hay debates en la Mesa Redonda, no hay análisis en los corrillos de prensa. Como si no decir las cosas impidiera que existan.

Pero el deporte, como todo en Cuba, es un espejo de la crisis total que atraviesa el país. La infraestructura deportiva se ha deteriorado, los entrenadores han emigrado, los jóvenes talentos ya no ven en el deporte una salida, sino una condena. La delegación cubana en Santo Domingo es joven, pero también inexperta: más del 70% de sus atletas no habían participado nunca en unos Juegos Centroamericanos. Y el resultado está ahí, en ese medallero que el régimen se niega a mostrar: 93 medallas, un tercio de las de México, y una sensación de derrota que ningún editorial oficial puede maquillar.
La cúpula castrista, sin embargo, sigue creyendo que puede ocultar la verdad con el silencio. Como si los cubanos no tuvieran internet, como si no bastara con teclear unas palabras en un buscador para encontrar el medallero actualizado. Pero el pueblo ya no es el de hace medio siglo. Ya no cree en las mentiras ni en los silencios. El deporte, que fue uno de los últimos pilares de la ficción revolucionaria, se ha derrumbado como el resto del sistema. Y el castrismo, con su silencio cómplice, solo confirma lo que todos saben: la torre está más inclinada que la de Pisa, y solo falta un empujoncito para que caiga.






