La libertad comienza en el bolsillo

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Cuba confirma a Milton Friedman. «Sin libertad económica no existe libertad política.» Esta afirmación de Milton Friedman, Premio Nobel de Economía de 1976, parece una teoría académica. Sin embargo, basta observar la realidad cubana para comprobar que describe un hecho.

La libertad económica significa que las personas pueden trabajar, emprender, invertir, producir y disponer del fruto de su esfuerzo sin depender del permiso del Estado. Cuando existe esa libertad, el ciudadano adquiere independencia. Y quien es independiente puede expresar sus opiniones, organizarse y exigir derechos sin vivir bajo el temor de perder su sustento.

Ocurre exactamente lo contrario cuando el Estado controla la economía. Si el gobierno decide quién produce, quién vende, quién importa y quién puede prosperar, también termina controlando la vida de cada ciudadano. La dependencia económica se convierte entonces en dependencia política.

Durante más de seis décadas, Cuba ha sido el ejemplo más claro de esa realidad. El Estado monopolizó casi toda la actividad económica. Millones de cubanos pasaron a depender de un salario estatal, de la libreta de abastecimiento o de una autorización oficial para desarrollar cualquier iniciativa privada. En esas condiciones, protestar puede significar perder el empleo, el negocio o la posibilidad de sobrevivir.

La libertad económica y la de expresión

No es casualidad que las sociedades con mayor libertad económica sean también las que mejor protegen la libertad de expresión, la propiedad privada, la independencia de la justicia y la alternancia en el poder. La prosperidad fortalece al ciudadano; la dependencia fortalece al Estado.

La experiencia cubana demuestra que ningún gobierno concentra tanto poder como aquel que controla el trabajo, los ingresos y el futuro de sus ciudadanos. Quien depende económicamente del Estado difícilmente puede enfrentarlo con plena libertad.

Por eso, la frase de Milton Friedman no es solo una reflexión económica; es una lección política respaldada por la historia. Cuba la confirma cada día. Mientras el Estado conserve el monopolio de la riqueza, la libertad política seguirá siendo una promesa incumplida.

La verdadera democracia comienza mucho antes de depositar un voto. Comienza cuando el ciudadano puede ganarse la vida con su propio esfuerzo, sin pedir permiso al poder.

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