
Cuando el silencio habla
Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Durante las últimas semanas se ha instalado una extraña sensación en torno a Cuba. Muchos perciben que algo importante está ocurriendo, pero nadie logra definir con precisión qué es. No hay anuncios trascendentales, no se observan movimientos espectaculares ni discursos que expliquen el momento. Solo existe un silencio.
Pero los silencios también hablan.
La historia enseña que, antes de los grandes acontecimientos, suele aparecer una calma engañosa. No es la tranquilidad del equilibrio, sino la pausa de quienes miden cada paso porque saben que cualquier movimiento puede alterar el curso de los acontecimientos.
Ese parece ser el momento que vive hoy Cuba.
Desde hace décadas, el régimen construyó una imagen de control absoluto. Todo parecía decidido, todo parecía estable y toda discrepancia era sofocada antes de hacerse visible. Sin embargo, ningún sistema político permanece inmune al desgaste del tiempo.
El vacío evidente
Hoy el país atraviesa la peor crisis económica de su historia contemporánea. La producción nacional se ha desplomado, la infraestructura se deteriora, la moneda ha perdido prácticamente toda credibilidad, los apagones forman parte de la vida cotidiana y millones de cubanos han optado por abandonar la isla. Nunca antes el desaliento había alcanzado dimensiones tan profundas.
Sin embargo, el verdadero problema del poder no reside únicamente en la crisis económica. Reside en la pérdida gradual de la capacidad para ofrecer un horizonte.
Los gobiernos pueden sobrevivir durante años administrando dificultades materiales. Lo que difícilmente consiguen es mantenerse cuando dejan de ofrecer una explicación convincente del futuro.
Ese vacío comienza a percibirse.
Las consignas ya no movilizan. Los discursos se repiten sin despertar entusiasmo. La propaganda necesita multiplicarse precisamente porque cada vez convence a menos personas.
Y mientras la sociedad pierde la esperanza, en las estructuras del poder también comienzan a aparecer interrogantes inevitables.
Toda élite política enfrenta un momento en el que debe decidir entre preservar el modelo existente o garantizar su propia supervivencia. Ambas opciones no siempre son compatibles.
No sabemos qué conversaciones tienen lugar dentro de la cúpula gobernante. Tampoco conocemos qué discrepancias pueden existir entre quienes administran el aparato político, militar y económico del país. Sería irresponsable afirmarlo.
Pero tampoco resulta razonable suponer que un sistema sometido a semejante presión permanezca completamente inmóvil.
Los pasos para las grandes decisiones
Las grandes decisiones rara vez se anuncian mientras se están tomando.
Primero llega el silencio. Después aparecen los hechos.
La historia universal ofrece innumerables ejemplos. El Imperio soviético parecía inmutable pocos años antes de desaparecer. Los regímenes de Europa Oriental conservaron durante mucho tiempo la apariencia de estabilidad mientras, en realidad, su legitimidad se desmoronaba silenciosamente desde dentro.
Las transformaciones históricas casi nunca comienzan en las plazas. Empiezan en la pérdida de confianza.
Cuando quienes sostienen un sistema dejan de creer plenamente en él, el edificio continúa en pie durante algún tiempo, pero sus cimientos ya han empezado a resquebrajarse.
Eso no significa que el cambio sea inmediato. La historia no funciona con calendarios.
Hay procesos que se aceleran de manera inesperada y otros que parecen prolongarse durante años antes de producir un desenlace.
Lo verdaderamente importante consiste en reconocer las señales. Y el silencio suele ser una de ellas. El silencio puede expresar incertidumbre. Puede revelar negociaciones discretas. Puede reflejar desacuerdos que aún no conviene hacer públicos. O puede ser simplemente el reconocimiento tácito de que ya no existen respuestas capaces de convencer a una nación exhausta.
El silencio en Cuba
En Cuba, el silencio siempre ha tenido un significado especial.
Durante décadas, el poder habló demasiado y permitió muy poco espacio para que hablaran los ciudadanos.
Hoy ocurre algo diferente. Es la ciudadanía la que habla cada día con su emigración, con su desencanto, con su pobreza y con su decisión de dejar de creer. Mientras tanto, el poder guarda silencio.
Y cuando un régimen que durante tantos años pretendió tener respuesta para todo comienza a callar, el historiador tiene la obligación de escuchar. Porque los silencios también forman parte de los documentos de la historia. A veces incluso dicen mucho más que los discursos.
Quizá estemos asistiendo al final de un ciclo histórico. Quizá todavía falten años para que ese desenlace se materialice. Nadie puede asegurarlo con honestidad.
Lo que sí puede afirmarse es que los sistemas políticos no colapsan únicamente por la fuerza de sus adversarios. Con frecuencia comienzan a extinguirse cuando dejan de encontrar respuestas para sus propias contradicciones.
Y ese instante casi nunca hace ruido. Llega envuelto en un silencio. Un silencio que pocos escuchan. Pero que la historia, invariablemente, termina revelando.






