El agua sucia del Packard y la hipocresía de la izquierda global

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- El turista británico Gary Cushnie, oriundo de East Yorkshire, viajó a La Habana en junio de 2022 con su pareja Julie, con la ilusión de unas vacaciones de lujo en el Iberostar Grand Packard. Salió de Cuba con una bacteria en los pulmones. Seis días después de su llegada empezó a sentirse mal.

Al regresar al Reino Unido, el Hull Royal Infirmary lo tuvo más de una semana hospitalizado. El diagnóstico: legionelosis. Enfermedad del legionario. Una infección que no se pesca en cualquier parte, sino en sistemas de agua contaminada. Como los de ciertos hoteles habaneros de cinco estrellas que venden humo y entregan cobre.

El propio Cushnie declaró que al llegar a la habitación notó irregularidades en el flujo de la ducha. No le dio importancia. Error. Porque esa ducha defectuosa era el vehículo perfecto para que la bacteria Legionella se instalara en sus vías respiratorias. Su abogado, el bufete Hudgell Solicitors, fue directo al grano: la infección se contrajo en el Packard. La empresa TUI, para evitar el escándalo, llegó a un acuerdo extrajudicial. Sin admitir responsabilidad, claro. Como siempre. El dinero calla, el turista se cura, y el hotel sigue operando como si nada. Como si la salud de los huéspedes fuera un detalle menor.

El agua sucia del Packard y la hipocresía de la izquierda global
Iberostar Grand Packard

Este caso no es aislado. Es el espejo de lo que ocurre cuando un régimen podrido prioriza la fachada sobre la infraestructura. Cuba recibe millones de turistas al año con aeropuertos que parecen terminales de los años sesenta, tuberías que se desmoronan y hoteles de lujo que apenas disimulan el deterioro general. La legionelosis es solo el síntoma más visible de una enfermedad más profunda: la incapacidad crónica del castrismo para mantener estándares mínimos de salubridad. Pero claro, eso no importa cuando la izquierda internacional aplaude el «modelo cubano» desde la comodidad de sus salones europeos.

Merz opuesto a Trump

Aquí es donde entra Friedrich Merz. El canciller alemán, en un gesto que roza la cobardía histórica, se ha posicionado al lado de la izquierda mundial para que Estados Unidos no emprenda una acción militar contra Cuba. Merz prefiere que la isla siga siendo un museo del fracaso socialista antes que admitir que solo un cambio de régimen podría poner fin a décadas de abandono. Mientras tanto, ciudadanos británicos como Cushnie pagan las consecuencias con su salud. Y las cadenas hoteleras internacionales se lavan las manos con acuerdos extrajudiciales.

El agua sucia del Packard y la hipocresía de la izquierda global
Friedrich Merz

Lo peor no es la bacteria. Lo peor es la hipocresía. Porque si este mismo caso ocurriera en un hotel de República Dominicana o México, la prensa europea hablaría de «falta de controles sanitarios en países pobres». Pero como es Cuba, el debate se desvía hacia la «responsabilidad de las cadenas» o la «necesidad de reforzar estándares». Nadie menciona la palabra clave: régimen. Nadie dice que mientras los Castro sigan controlando cada rincón de la isla, la legionella seguirá encontrando tuberías donde prosperar.

El agua del Packard estaba sucia. Pero más sucia está la conciencia de quienes, como Merz, prefieren proteger un sistema genocida antes que la salud de los viajeros. O la de los cubanos normales. Cushnie se llevó una bacteria a casa. Los cubanos, mientras tanto, se llevan décadas de abandono, mentiras y un turismo que solo beneficia a los mismos de siempre. La próxima vez que un turista británico piense en vacacionar en La Habana, que recuerde: el lujo, en el castrismo, es solo una fachada con tuberías oxidadas.

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