
La odisea del fuego: crónica de un jubilado que espera el carbón en Quemado de Güines
Por Patxi Morales ()
Quemado de güines.- En Quemado de Güines, un pueblo que debe su nombre a las cenizas y al infortunio, vive un jubilado que lleva quince días sin probar comida caliente. Quince días, o lo que es lo mismo, quince velas apagadas, quince amaneceres sin el rumor de una hornilla encendida, quince noches en las que el hambre no se duerme, sino que se sienta a la mesa vacía.
No es una excepción, es apenas una anécdota en el monumental viacrucis que es la vida cotidiana en la isla. Pero su historia merece ser contada, porque en ella se refleja la agonía de un país entero que ha perdido hasta la capacidad de calentar lo que come.
Él tiene dos ollas, una arrocera eléctrica y una multipropósito de esas que llaman Reina, que en tiempos mejores fueron su orgullo. Pero la Reina necesita corriente, y la corriente en Cuba es un lujo que se raciona con cuentagotas: dos horas de luz, 48 de tinieblas. Así que la arrocera descansa sobre el mostrador como una reliquia inútil, y la Reina se ha vuelto muda.
Tiene también un fogón de luzbrillante que hace años no funciona, porque el keroseno y el petróleo son un mito tan lejano como el desarrollo. Y una hornilla de carbón, vieja y testaruda, que espera el combustible que no llega. Pero el carbón, ese material tan abundante en la imaginación de los que no viven aquí, se ha convertido en un bien escaso y caro.
Sin soluciones a la vista
Porque sí, en Quemado de Güines, tierra fértil donde el marabú crece como una plaga que todo lo invade, no hay carbón. El marabú, esa planta invasora que los manuales agrícolas describen como un problema, aquí es una solución que el régimen no ha sabido aprovechar. No hay carbón, aunque el marabú esté a la vuelta de la esquina, porque nadie lo recolecta, nadie lo transforma, nadie lo pone al alcance de quien lo necesita.
Y cuando aparece algún vendedor, el precio es un disparate: el saco que hace 30 años valía cinco pesos, ahora cuesta tres mil. Tres mil pesos por un saco de carbón. Para un jubilado que cobra 3.500 al mes, eso es más que todo su salario. Una semana de fuego por un mes de trabajo. Un despropósito.
Entonces llega la lista, esa lista interminable de espera que organizan los vecinos para cuando aparezca algún vendedor de carbón. Nuestro jubilado lleva dos semanas en ella, sin que nadie sepa cuándo llegará.
Mientras tanto, un huevo que le regaló un sobrino se pudre en la mesa; un poco de arroz chino, de ese que llaman arroz importado pero que sabe a nostalgia, se queda crudo en una bolsa; unas yucas, peladas y lavadas, esperan el calor que no llega. Y el hambre, el hambre se hace más densa con cada hora de oscuridad.
Sobrevivir como única meta
Desde La Habana, desde el Palacio de la Revolución, el presidente pide más resistencia y más creatividad. Lo dice con la soltura de quien nunca ha tenido que elegir entre comer frío o no comer. Lo dice con la seguridad de quien no sabe lo que es esperar dos semanas en una lista de espera por un saco de carbón.
La creatividad, señor presidente, es para los artistas, no para los jubilados que solo quieren calentar un huevo. Porque la creatividad no enciende fogones, y las palabras, por muy bonitas que sean, no sustituyen al carbón.
Así que este jubilado de Quemado de Güines sigue esperando, como tantos otros, mientras el país se desliza hacia el abismo de lo surrealista. Los refrigeradores no sirven, los fogones no encienden, y las ollas se oxidan en silencio.
La vida en Cuba se ha convertido en una odisea de proporciones bíblicas, donde sobrevivir es la única meta. Y en esa odisea, el fuego no es solo una necesidad, es una metáfora de la vida misma: sin él, solo queda la oscuridad y el frío. Como los días de este jubilado, como los días de todos nosotros.






