
Cuba por encima de todo: lealtades que no se negocian
Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Tengo ciudadanía canadiense. Amo y agradezco profundamente a Canadá, un país que me abrió las puertas, me dio oportunidades y me permitió superarme. Defendería a Canadá porque también es parte de mi vida. También reconozco lo que Estados Unidos ha significado históricamente para los cubanos y he defendido públicamente una unión mucho más estrecha entre Cuba y Estados Unidos. Pero nada de eso cambia una verdad fundamental: mi patria es Cuba.
Canadá es un amor nacido del agradecimiento, del respeto y de todo lo que este país me ha dado. Cuba es diferente. Cuba es como una madre. Uno puede encontrar personas extraordinarias durante su vida, personas que lo ayudan, lo levantan y se ganan para siempre su cariño y su lealtad, pero una madre sigue siendo una madre. Cuba está dentro de mí. Allí están mis raíces, mi historia, mi gente y millones de cubanos que continúan sufriendo bajo una dictadura.
Precisamente por tener ciudadanía canadiense, sé que mi futuro personal no depende exclusivamente de Cuba. Tengo un pasaporte que me permite viajar, buscar oportunidades y construir mi vida en muchos lugares del mundo. Si algún día Canadá deja de ser el lugar donde quiero vivir, puedo marcharme. Pero Cuba es una sola. Cuba no se reemplaza.
Por eso, incluso cuando pienso políticamente desde Canadá, inevitablemente pienso también en Cuba. Puedo preocuparme por la economía canadiense, la seguridad, los impuestos y el futuro de este país, pero cuando evalúo a un político también me importa saber qué posición tendrá frente a la dictadura cubana. Una cosa no elimina la otra.
Cuba seguirá más allá de quien esté en la Casa Blanca
Lo mismo ocurre con Estados Unidos. He defendido a Estados Unidos muchas veces porque considero que ningún otro país ha tenido una relación tan determinante con la historia del exilio cubano y con nuestra aspiración de libertad. Incluso he defendido públicamente una futura asociación o unión política entre una Cuba libre y Estados Unidos. Pero precisamente porque quiero lo mejor para Cuba, no puedo convertir mi admiración por un presidente, un partido o una administración estadounidense en una lealtad superior a la causa cubana.
Trump pasará. Esta administración pasará. Marco Rubio pasará. Vendrán otros presidentes, otros congresistas y otros gobiernos. Nosotros seguiremos teniendo una Cuba que liberar.
El exilio cubano tampoco está pidiendo limosna. Somos la continuidad de un exilio histórico que durante décadas ha trabajado, construido, creado empresas, participado en la política estadounidense y contribuido decisivamente al desarrollo de comunidades enteras. Miami es probablemente el símbolo más evidente de esa transformación. De esta comunidad han salido empresarios, profesionales, congresistas, senadores y figuras de enorme importancia nacional, desde Lincoln Díaz-Balart hasta Marco Rubio.
La comunidad cubana forma parte de Estados Unidos. Ha luchado por Estados Unidos, ha prosperado dentro de Estados Unidos y ha contribuido a construir Estados Unidos. Pero históricamente también se ha distinguido por algo: exigir la libertad de Cuba.
No es mendigar, es coherencia
Por eso rechazo que ahora se pretenda presentar cualquier exigencia de una política firme contra la dictadura como si los cubanos estuviéramos mendigando que Estados Unidos nos haga un favor. No estamos pidiendo caridad. Estamos exigiendo coherencia, especialmente cuando la propia administración estadounidense ha señalado reiteradamente al régimen cubano como una amenaza para sus intereses y su seguridad.
También rechazo la idea de que apoyar a Trump, al Partido Republicano o a cualquier gobierno estadounidense significa justificar automáticamente todo lo que hagan respecto a Cuba. Puedo apoyar muchas de sus políticas y, al mismo tiempo, criticarlos cuando considere que abandonan, debilitan o posponen innecesariamente la causa de la libertad cubana. Ningún político está por encima de Cuba.
Si alguien nacido en Cuba considera que su prioridad absoluta es Estados Unidos, Canadá, España o cualquier otro país, está en su derecho. Cada persona decide dónde coloca sus lealtades. Pero quienes hablamos constantemente de presos políticos, represión, exilio y libertad debemos entender que esa causa tiene consecuencias. Para mí no puede convertirse en una consigna que se abandona cuando resulta incómoda para el partido o el político que apoyamos.
Yo puedo amar a Canadá. Puedo admirar a Estados Unidos. Puedo apoyar a Trump, a Rubio o a cualquier político cuando considere que sus acciones son correctas. Pero mi posición seguirá siendo la misma cuando no lo sean.
Por encima de cualquier político, partido o administración está la libertad de Cuba. Porque los gobiernos pasan, los presidentes pasan y los partidos cambian. Cuba queda.






