Los mercenarios del teclado: la guerra sucia de los cibertrolls castristas

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Las redes sociales cubanas se han convertido en un campo de batalla donde no hay balas, pero sí mucho ruido. Un ejército de ciberluchadores, o ciberclarias como los llaman con desdén quienes los sufren, sale cada día a defender lo indefendible: un régimen que ha sumido a la isla en la miseria, la escasez y la desesperanza.

Contratados por el Estado, o simplemente obligados por la necesidad de conservar un empleo o una beca, estos soldados del teclado se lanzan a la yugular de cualquiera que ose pedir un cambio para Cuba. No importa si es un emigrante que añora su tierra, un periodista independiente o un ciudadano común que apenas se atreve a susurrar su descontento: ellos están ahí, siempre listos para el ataque.

Reconocer a uno de estos personajes es más fácil de lo que parece. En el 99 por ciento de los casos, su perfil es falso, una máscara digital tejida con nombres que suenan a cubanos de pura cepa, pero que no engañan a nadie. No usan fotos propias; prefieren imágenes generadas por inteligencia artificial o, en su defecto, alguna foto de los líderes castristas que parecen sacada de un altar laico.

Y cuando se topan con una publicación que denuncia la realidad de la isla, su respuesta es siempre la misma, aprendida de memoria en las escuelas del adoctrinamiento: «Ve y pide eso desde dentro de Cuba». Como si el miedo, la represión y la falta de libertades no fueran precisamente las razones por las que tantos cubanos han tenido que marcharse.

Las viejas técnicas del castrismo

La técnica no es nueva. Es la misma que Fidel Castro perfeccionó durante décadas: descalificar al adversario, ponerle etiquetas que pesen más que la verdad. «Gusano», «vendepatria», «mercenario», «agente de la CIA». El repertorio es tan viejo como el propio régimen, pero ellos lo repiten con la fe del converso.

Y luego están los que van a cara descubierta, como Gerardo Hernández, el espía que dirige los CDR y que, desde su puesto, no tiene más remedio que seguir la línea oficial. Pero la mayoría prefiere el anonimato. Son los peores mercenarios del planeta, porque no venden su talento ni su inteligencia, sino su dignidad. Y lo hacen por 20 mil pesos cubanos, que al cambio de hoy no llegan ni a 30 dólares. Treinta dólares por traicionar a su propio pueblo.

Los cubanos, sin embargo, ya los tenemos identificados. No a los perfiles falsos, sino a los personajes que interpretan. Sabemos quién se esconde detrás de cada insulto, de cada acusación, de cada mensaje lleno de odio. Sabemos que hay cientos, miles, en todo el país, dispuestos a vender su alma por un plato de comida o por no perder el favor del régimen.

Y entre ellos, los hay que incluso se atreven a hacer humor, como el llamado Guerrero Cubano, que en realidad es Juan Carlos el Gordo, un hombre que ha convertido la sátira en un arma contra los suyos. Pero no es el único. La lista es larga, y cada día se alarga más, alimentada por el miedo y la necesidad.

Defensores del castrismo criminal

Lo más triste de todo esto es que estos ciberluchadores no son más que el reflejo de un sistema que ha hecho de la mentira su principal herramienta de control. Mientras los cubanos de a pie se desvelan buscando cómo poner un plato de comida en la mesa, ellos se desvelan buscando a quién atacar en las redes.

Al mismo tiempo, y mientras el país se desmorona por los apagones, la inflación y la falta de medicinas, ellos defienden a quienes han llevado a Cuba a ese abismo. Y lo hacen con una convicción que no les pagaría ni el mejor sueldo del mundo, porque en el fondo saben que están del lado equivocado de la historia.

Pero los cubanos no somos tontos. Sabemos que esta guerra sucia es la última bala que le queda a un régimen que se desangra. Sabemos que cada insulto, cada acusación, cada perfil falso es un acto de desesperación, no de poder. Y por eso, aunque duela ver a compatriotas venderse por unas monedas, seguimos adelante. Porque sabemos que la verdad, aunque la callen, siempre termina por abrirse paso. Y cuando eso ocurra, cuando el castrismo caiga, los que hoy defienden lo indefendible tendrán que responder ante la historia y ante su propio pueblo. No con odio, sino con la certeza de que la dignidad no se vende, y mucho menos por 30 dólares.

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