
Gachas revolucionarias: cuando el FBI le declaró la guerra al desayuno
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En 1969, en plena ebullición de los derechos civiles en Estados Unidos, el Partido de las Panteras Negras hizo algo tan peligroso y subversivo como dar de comer a niños necesitados. Tal cual. Mientras los barrios negros de Oakland y media América amanecían con chavales que iban al colegio con las tripas rugiendo, los Panthers montaron cocinas comunitarias.
Empezaron en una iglesia con once críos. En unos meses, según sus propios registros, ya movilizaban comida para miles de niños en más de treinta ciudades. Huevos, beicon, gachas, fruta. Comida de verdad, no sobras ni promesas.
Los directores de los colegios alucinaban: los chavales rendían más, se concentraban y dejaban de pegarse en el patio. El asunto escaló tanto que el propio administrador del programa federal de almuerzos tuvo que reconocer ante el Senado que aquellos tipos estaban alimentando a más niños pobres en los guetos que todo el maldito estado de California.
Y ahí fue cuando al todopoderoso J. Edgar Hoover, director del FBI y paranoico profesional, se le atragantó el café de la mañana. Porque si algo no podía tolerar el sistema era que unos jóvenes negros organizados resolvieran la miseria que Washington llevaba décadas ignorando.
¿Amenazas de seguridad?
Hoover escribió en un memorándum interno que el programa de desayunos era, textualmente, «la mayor amenaza para la seguridad del país». Más que las armas, más que los discursos inflamados. ¿El motivo? Que aquello no era caridad cristiana: era estrategia revolucionaria de manual. Los Panthers aplicaban la doctrina de Mao de ganarse los corazones y las mentes del pueblo. Con las gachas de avena venían canciones políticas y discursos sobre el poder popular. Estaban creando un Estado socialista paralelo dentro de los guetos, y eso el sistema no lo podía permitir. Un plato de comida que legitima al enemigo da más miedo que un cargamento de fusiles.
El FBI activó entonces el COINTELPRO, su maquinaria de cloaca para triturar movimientos disidentes. Mandaron cartas falsificadas a los supermercados, firmadas supuestamente por «comerciantes cabreados», para que dejaran de donar comida. Difundieron el rumor de que los alimentos estaban envenenados. Hicieron redadas en las iglesias mientras los niños desayunaban. En Chicago, la policía entró de noche en un local comunitario y destrozó el inventario; incluso llegaron a orinar sobre los alimentos destinados a los chavales. Así se las gastaba el defensor de la ley y el orden cuando se sentía amenazado por un bol de cereales.
Y aquí viene el giro poético de esta historia. El Gobierno de Estados Unidos tenía un programa piloto de desayunos escolares desde 1966, la Child Nutrition Act, pero estaba infrafinanciado y medio muerto. El éxito y el eco mediático de los Panthers avergonzó tanto al Congreso que, para quitarles el monopolio de la virtud, las autoridades no tuvieron más remedio que ponerse las pilas. En 1975, el programa federal de desayunos se hizo permanente y universal. Traducción: los «peligrosos terroristas» del desayuno obligaron al Gobierno a financiar el menú de sus propios hijos. Y así, entre gachas y redadas, las Panteras Negras lograron lo que ningún político había conseguido: que el sistema alimentara a los niños pobres. Eso sí que es poder popular.






