Dos vidas en el filo del hambre

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Por Patxi Morales ()

Santa Clara.- Hace veinte días que Leonel Tristá García y Guillermo del Sol Pérez dejaron de comer. No es un gesto simbólico, no es una declaración de principios ni una postal para la prensa internacional. Es un grito desesperado de dos hombres que han decidido jugarse la vida porque el régimen castrista les ha cerrado todas las puertas.

Leonel está encerrado en una celda de castigo en la prisión La Pendiente de Santa Clara, aislado del mundo, sin más compañía que su propia determinación. Guillermo, en cambio, cumple su huelga desde su vivienda, pero su cuerpo también se consume, también se apaga, también se niega a seguir alimentando un sistema que lo ha condenado por pensar distinto.

Leonel Tristá García no es un delincuente común. Es un preso político del 11 de julio, de esos que el régimen llama «vándalos» para no llamarlos lo que son: ciudadanos que alzaron la voz contra la dictadura. Y ahora, después de haberle otorgado una licencia extrapenal, le han revocado ese permiso sin motivo aparente, condenándolo de nuevo al encierro. Su exigencia es simple y elemental: libertad. Pero en Cuba, pedir lo que es tuyo por derecho se convierte en delito, y reclamarlo en huelga de hambre se convierte en sentencia de muerte silenciosa.

Dos vidas en el filo del hambre

Del Sol como altavoz

Guillermo del Sol Pérez, por su parte, no lucha solo por él. Su estómago vacío es un altavoz para 18 compañeros que se pudren en las cárceles del régimen con la salud hecha pedazos. Guillermo exige la libertad de esos 18 enfermos, de esos hombres que el castrismo está dejando morir lentamente entre rejas, sin atención médica, sin dignidad, sin esperanza. Mientras los funcionarios se fotografían con sonrisas de cartón piedra, Guillermo se niega a tragar un solo bocado hasta que le devuelvan la vida a quienes han sido arrancados de sus familias.

Y mientras tanto, ¿qué hace el régimen? Nada. O peor aún: mirar hacia otro lado, esperar que el hambre haga su trabajo y que estos dos incómodos testigos de la barbarie desaparezcan sin hacer ruido. No hay diálogo, no hay gesto humanitario, no hay ni siquiera una migaja de compasión. Solo el silencio cómplice de un sistema que ha convertido la represión en rutina y la tortura en estadística. Las autoridades de Santa Clara, las del Partido, las del Gobierno, todas ellas tienen las manos manchadas con la sangre que estos hombres están dejando de tener.

Así que que nadie se engañe: si Leonel Tristá y Guillermo del Sol terminan en una camilla o en una fosa, el único responsable será el régimen cubano. Ninguna excusa vale. Ninguna coartada sirve. La huelga de hambre no es un capricho, es la última herramienta que les queda a dos hombres que han sido despojados de todo menos de su dignidad. El mundo mira, los cubanos dentro de la isla también, y el castrismo, una vez más, se retrata como lo que es: un verdugo que no sabe hacer otra cosa que matar la esperanza a dentelladas. Y esta vez, literalmente.

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