Los feladores de siempre ya salieron en defensa de El Cangrejo

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Esta vez no fue un rumor, como suelen empezar las peores novelas. Esta vez fue a la cara, sin ficción alguna, como la crónica de un despropósito anunciado: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, se ha proclamado heredero del poder en Cuba, y lo ha hecho sin pedir permiso, sin pasar por ninguna institución y sin que nadie, excepto sus aduladores de siempre, se atreva a preguntarle ¿y usted quién es? En una isla donde la sucesión se supone que es colegiada, este señor se coloca por encima del Partido, del Gobierno y de la Asamblea, como si fuera el dueño del chiringuito. Y lo peor no es su desfachatez, sino la legión de defensores que salen a justificar lo injustificable.

Ahí tenemos a Elier Ramírez Cañedo, segundo jefe del Departamento Ideológico del Comité Central, que se ha tomado la molestia de salir a explicar que todo esto es «normal» y que «a lo largo de nuestra historia revolucionaria se han establecido canales de comunicación secreta». Claro, porque lo que no se entiende es que el interlocutor sea un tipo que nadie eligió, que nadie conoce y que, según parece, habla más alto que el propio Díaz-Canel.

Ramírez nos dice que los cubanos sabemos el valor de la unidad inquebrantable, pero lo que no dice es que esa unidad se rompe cuando un fulano se cree con derecho a decidir el futuro del país sin consultar a nadie, solo porque lleva el apellido Castro, el mismo de su abuelo y su tío abuelo, los anteriores monarcas. La unidad, compañero, se construye con reglas claras, no con mensajeros improvisados que actúan como emisarios de un poder que ya no sabe ni cómo llamarse.

Felador y lamebotas

Y luego tenemos a Alejandro Ernesto Santamaría Tassende, descendiente de los Santamaría del Moncada, que sale con su frase lapidaria: «La Revolución sabe lo que hace». ¿Ah, sí? ¿La Revolución sabe lo que hace cuando deja que un señor con apellido Castro pero sin currículum visible se ponga a negociar a escondidas con Estados Unidos?

Santamaría, usted que lleva en la sangre el heroísmo de su tío Abel, debería saber que la Revolución no es un comité secreto de cuatro amigos, sino el pueblo entero. Pero usted, señor, prefiere arrodillarse ante el apellido y aplaudir como un foca amaestrada, sin preguntar, sin dudar, sin exigir explicaciones. Eso no es lealtad, eso es servilismo.

Y no podía faltar el periodista de turno: Osvaldo Rodríguez, de Prensa Latina, que se ha encargado de ponerle la guinda al pastel del ridículo. Dice que el diálogo fue a solicitud de Estados Unidos, que Cuba aceptó, que todo está controlado. Pero luego admite que el silencio del Partido es «su principal arma».

¡Qué bonito! El silencio como arma, cuando lo que hace falta son verdades, transparencia y respeto a la institucionalidad.

Rodríguez, que se sabe de memoria el manual del buen revolucionario, se olvida de que el periodismo no es repetir consignas, sino preguntar. Pero usted, compañero Osvaldo, prefiere los viajes al extranjero, las largas estancias en Panamá y el asiento en la primera fila antes que hacer su trabajo. Un oportunista que se sube al carro del Cangrejo para no perderse el próximo viaje.

El riesgo de seguir bajo los Castro

Porque el problema de fondo no es El Cangrejo, que al fin y al cabo es un producto más de este régimen de nepotismo y amiguismo. El problema son los que lo defienden con uñas y dientes, los que convierten el error en acierto y la arbitrariedad en principio revolucionario. Esa defensa a ultranza del acto más antidemocrático que se recuerda en décadas no es otra cosa que el reflejo de un poder que ya no sabe gobernar sin mentiras.

¿Dónde quedó la institucionalidad que tanto pregonan? ¿Dónde quedó el debate interno? ¿Dónde quedó el pueblo, que siempre es el último en enterarse?

El abuelo tirano, Fidel Castro, lo advirtió: solo nosotros mismos podemos destruir la Revolución. Y estos señores, con sus silencios cómplices, sus justificaciones absurdas y su falta de vergüenza, están cavando la tumba del régimen que dicen defender. Mientras tanto, El Cangrejo sigue suelto, los aduladores aplauden o se alistan para nuevas felaciones, y el pueblo mira con desdén este circo de horrores. Porque Cuba, que pensaba estar a punto de salirse del yugo de los Castro de una vez, corre el riesgo de eternizarse a la sombra de un apellido que la ha llenado de ignominia.

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