
Rosas para el tirano
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- En Santa Fe, donde el mar se encuentra con el lujo de los que pueden permitírselo, hay una floristería que no vende solo flores. Vende complicidad. Se llama Floristería Loyolamboaje, y su dueño, Loyola Amboaje, ha hecho de su negocio una extensión del régimen castrista, un puesto de avanzada donde se cultivan arreglos florales mientras se tejen lealtades y se compran conciencias.
Este señor, que se pasea por las redes sociales con la frescura de quien no debe nada, es en realidad un testaferro del gobierno, un chivato de los que saben a quién soplarle al oído para mantener su buena vida y su negocio próspero.
Basta mirar su página de Facebook para entender de qué pie cojea. Allí posa sonriente con lo más granado del castrismo: Gerardo ‘El Caribú’ Hernández Norderlo, el mismo que fue condenado en Estados Unidos por conspiración y asesinato, y Alexis Leyva Machado, más conocido como Kcho, ese pintor que se arrodilló ante Fidel Castro para asegurarse un lugar en el paraíso de los artistas oficiales.
No hay casualidad en esas fotos. Son el certificado de buena conducta ante el régimen, el pasaporte que le permite a Loyola Amboaje seguir facturando mientras el pueblo pasa hambre. Porque ser amigo de Kcho y Gerardo no es un honor, es una declaración de principios: los principios del que se arrastra para no caer.
Un lacayo detestable
Y adivinen de dónde salen los arreglos florales para las actividades del Palacio de las Convenciones, para los congresos de los CDR, para la Asamblea Nacional. Sí, el mismo parlamento donde Kcho, con su rosita en la solapa, se sentaba a aplaudir las leyes que condenan a los cubanos a la miseria.

Loyola Amboaje no es un florista cualquiera: es el proveedor oficial de la hipocresía, el encargado de poner pétalos sobre la podredumbre. Cada rosa que sale de su tienda es un soborno disfrazado de elegancia, un recordatorio de que el régimen también sabe adornar sus crímenes.
Pero no se crean que este señor es un simple comerciante. Detrás del mostrador y las flores, Loyola Amboaje es un militar retirado, un agente de la Seguridad del Estado, un chivato de los que saben a quién delatar y a quién proteger.
No es casualidad que en los comentarios de sus redes sociales aparezca un tal Cesar M Physiotherapist diciendo: «Gente que ofende y apoya la dictadura y la represión del régimen de Cuba contra el pueblo cubano». Ese comentario no es una opinión, es un retrato exacto de Loyola Amboaje: un hombre que se ha enriquecido a costa del sufrimiento ajeno, que ha cambiado su uniforme militar por un delantal de florista, pero que sigue siendo el mismo lacayo de siempre.
El olor a podrido de las flores
¿Y qué hace la gente de Santa Fe mientras este señor se forra con las flores que le vende al régimen? Mirar hacia otro lado, como siempre. Porque denunciar a Loyola Amboaje sería denunciar al sistema que lo protege, y eso en Cuba tiene un precio que nadie quiere pagar. Pero el silencio cómplice también es una forma de corrupción.

Mientras los vecinos -y los no tan vecinos- compran sus ramos de flores importadas para las bodas y cumpleaños, están financiando a un hombre que ha hecho de la traición su modus vivendi, que ha utilizado su pasado como militar y su presente como florista para tejer una red de favores y amenazas que lo mantiene a salvo.
Así que ya saben: cuando vean un arreglo floral en un acto oficial, cuando vean a Kcho con su rosa en la Asamblea, cuando vean a Gerardo Hernández sonriendo junto a un florista, recuerden que detrás de cada pétalo hay un chivato, un testaferro, un hombre que ha vendido su dignidad por un puñado de pesos convertibles.
Loyola Amboaje no es un empresario, es un síntoma. El síntoma de un régimen que premia a los sicofantes y castiga a los valientes. Y mientras él siga vendiendo flores, Cuba seguirá oliendo a podrido.






