Cuba tiene una nueva batalla energética: conseguir que los macarrones no sufran un apagón

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Por Anette Espinosa

La Habana.- La empresa privada Jolyni, dedicada a fabricar pastas alimenticias en La Habana, prepara 132 paneles solares para mantener funcionando sus máquinas en medio de una crisis eléctrica que ya convirtió el interruptor en una especie de ruleta rusa.

El proyecto arrancó con una ayuda de 40.000 dólares en equipos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), más una inversión propia de la empresa. Al parecer, hasta los espaguetis entendieron que en Cuba hay que buscarse la corriente por cuenta propia.

La solución contempla 88 paneles solares de 540 kilovatios, inversores con una capacidad de 60 kilovatios y baterías de respaldo de 84 kilovatios. Jolyni pretende completar el sistema con recursos propios y alcanzar una generación suficiente para evitar que sus equipos queden paralizados.

La fábrica produce unos 200 kilogramos de pasta por hora y alrededor de 115 toneladas mensuales. Seis variedades de macarrones, fideos y espaguetis dependen ahora de una tecnología bastante más confiable que las termoeléctricas nacionales. La escena resulta casi cómica: una fábrica de pastas intentando producir electricidad antes de que el país consiga producirla de manera estable.

El presidente de Jolyni, Jorge Félix Peraza, explicó a EFE que un corte eléctrico puede provocar pérdidas considerables y deteriorar la materia prima. Razón suficiente para ponerle paneles al techo antes de que llegue el próximo apagón de campeonato. La empresa funciona en antiguas instalaciones estatales de Santos Suárez y pretende sostener su producción sin cargar más al sistema energético nacional.

Una empresa privada haciendo lo necesario para no depender de la red eléctrica de un país donde tener corriente varias horas seguidas ya parece un privilegio reservado para los afortunados.

El PNUD señala que las empresas privadas enfrentan dificultades adicionales por la escasez de combustible y los problemas con las navieras. El programa NAE, financiado por la Unión Europea e implementado junto al PNUD, la Cooperación Francesa y entidades cubanas, ha destinado unos 4,5 millones de dólares al fortalecimiento del tejido empresarial de la isla.

En esta convocatoria fueron seleccionadas 73 iniciativas de sectores diversos. La paradoja está servida: llegan millones para ayudar a producir, las empresas buscan alternativas para sobrevivir y el país sigue atrapado entre apagones, falta de combustible y una infraestructura energética que parece diseñada para recordar al ciudadano que la Edad Media también tuvo sus encantos.

Jolyni, al menos, decidió no esperar el próximo discurso sobre la recuperación energética. Puso dinero, consiguió equipos y llenará el techo de paneles para que los macarrones sigan saliendo de la fábrica. La noticia tiene su gracia: en la Cuba del siglo XXI, una empresa necesita convertirse parcialmente en compañía eléctrica para poder dedicarse a fabricar comida.

Y ahí está el verdadero retrato de la crisis: no se trata únicamente de tener electricidad para encender una bombilla, sino de conseguirla para producir, trabajar y vender. Hasta los espaguetis ya entendieron la lección: si esperan a que el sistema los alimente, terminan hechos sopa.

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