
Cuestión de culpas
Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- En teoría, cuando uno asume un cargo, también asume sus consecuencias. En teoría. En la práctica, cuando el modelo es parasitario, la responsabilidad siempre es un deporte para que lo practique otro. Y si algo sale mal —que suele salir— toca buscar un enemigo, bautizarlo como culpable universal y listo: problema “resuelto”.
Con un gobierno así, las soluciones no caben ni con calzador. Las propuestas tampoco. Todo se vuelve un cuarto oscuro donde nadie encuentra el interruptor.
Ayer, por ejemplo, hubo un cónclave en Cuba con todas las universidades y con Díaz‑Canel. Una reunión que, curiosamente, confirma lo que escribí ayer sobre la fotovoltaica.
Esta vez, los “sesudos revolucionarios” se juntaron para salvar el sistema energético. Entre sus hallazgos científicos: producir energía con restos forestales, porque —según ellos— los pellets son casi más poderosos que el sol; apostar por la biomasa; y, tras un “profundo estudio”, convertir los centrales azucareros en generadores de energía a partir de desechos cañeros. Todo muy innovador… para 1954.
A mí todo esto me suena a muela, pero de la buena: de esa que viene con diploma.
Y claro, surgen preguntas:
– ¿De dónde saldrán los animales cuyos desechos van a alimentar esta revolución energética?
– ¿De qué zafra hablan si desmantelaron los centrales y ya no existe industria azucarera?
– El marabú, que invade todo, sigue ahí, triunfante, como si fuera patrimonio nacional.
– Y no olvidemos los millones invertidos en una fábrica de biomasa para cargar cinco ómnibus que cuestan tres millones cada uno. Una ganga.
La fiebre energética se intenta curar con discursos e inventos, porque ya nadie cree que la fotovoltaica vaya a resolver el problema.
Este cónclave forma parte de la “gestión” habitual: reuniones, consignas y cero soluciones. El problema es termoeléctrico, pero mientras no se diga en voz alta, seguirá siendo un secreto a gritos.
Seguimos chapoteando en la misma situación, sin un plan hecho por profesionales. Un plan que, por cierto, requiere inversión. Y el gobierno no tiene un duro: lo gastó todo en turismo, que lamentablemente no genera electricidad.
Ayer era el “trabajo titánico” de reparar lo irreparable; luego, la fiebre de inaugurar dos o tres parques fotovoltaicos al mes; después, vender placas solares a hogares y centros de trabajo; ahora, instalar baterías para estabilizar la frecuencia.
Como los déficits siguen creciendo, han encontrado nuevas gallinas de oro: los desechos animales, la biomasa forestal y la industria azucarera… que ya no existe.
Y al final, la pregunta de rigor: ¿Será Trump el responsable de todo este desatino sin plan, sin claridad y sin objetivos?






