La noche clara de inquietos luceros

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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- Era la última década del siglo XIX, cuando las playas aún no eran hospederas de cuerpos humanos agradeciendo el sol y el salitre. En la costa de María Aguilar, donde el azul del mar se une en sfumatto con la salvaje mezcla de ocres verdosos del Escambray, y se escuchaban los campanazos lejanos de la villa de la Santísima Trinidad, había un dramático duelo:

En esa selva fangosa poblada de ferocidades del mar y de la tierra, un colorao, pescador y comerciante de mariscos en Trinidad, luchaba contra un enorme cocodrilo que marcaba su territorio. Cuentan que, machete en mano y una soga con un lazo, mantuvo el combate 0 a 0 hasta que, con la astucia aprendida en décadas de vivir en el filo de la navaja, logró enlazar las fauces de la bestia y, a machetazos, le arrancó la soberbia y las ínfulas de rey de la costa. Otros marinos llegaron asombrados del final del duelo hombre–demonio, y llevaron en brazos hasta la villa a Joaquín Entenza como el héroe del día.

El colorao era de la primera generación Entenza criolla. Provenientes de una España aún medieval, llegaron a Cuba estableciéndose en la zona sur de Las Villas, dejando atrás los genes inmiscuidos en batallas de caballeros cruzados y la toma de Barbastro, en Huesca, donde varios Entenza se destacaron y fundaron baronías en Aragón en el siglo XI.

Por supuesto, el bisabuelo Joaquín era un desposeído, como casi siempre sucede con los apellidos complicados; probablemente ni conocía la historia enrevesada de un apellido que se dividió y emigró en parte a tierras de Galicia, mezclándose con sangre celtíbera, donde sufrió cambios sonoros pero que, inexplicablemente, llegó a Trinidad con la sonoridad real, y hasta mí, otro desposeído por la divina providencia y la santa cristiandad.

Mi abuelo Joaquín —Joaquín II— fundó en Trinidad un «Tren de lavado», negocio floreciente en una ciudad que lentamente se separó del vaivén nacional y quedó aislada de Cuba y el mundo. Era un negocio próspero que le dio la posibilidad de mantener a nueve hijos. Casóse Joaquín con Mercedes de los Milagros Hernández, la abuela que no conocí porque murió de tifus cuando mi padre era un adolescente.

La abuela Mercedes era de una familia católica proveniente de Sevilla, e inculcó a sus hijos la doctrina absoluta de la madre patria. De su prole —Hilda Fedora, María Concepción, Joaquín Mariano, Cayetano Aparicio, Nélida Consuelo, Miguel Ángel de Jesús, Mercedes de los Ángeles, Eugenio Casimiro y Raúl Tadeo— solo mi padre, Miguel, logró romper los lazos trinitarios e irse a La Habana a estudiar teología en un seminario bautista. En su adolescencia llevó una vida, primero, consagrada al catolicismo, siendo el portador de la cruz en las procesiones, y después, formando parte de la vida nocturna de la ciudad, destacándose en las serenatas a muchachas de la villa y en los salones de baile, donde su pareja oficial fue, por años, Dalia Soto del Valle, con quien estudió, bailó cada noche y, según comentaban mis pícaros tíos Eugenio y Mariano, hubo un poco más. Pero la señorita conoció a Fidel Castro y también, por otras vías, se separó de la «magia trinitaria» y nunca más sostuvo relación amistosa con trinitarios de la familia, gracias al Altísimo.

Todos los Entenza hicieron vida en la ciudad hasta sus muertes. Hilda, la más vieja, conservó el legado familiar y el mando absoluto sobre sus hermanos. Todos, con alma noble y un humor quizás heredado del primer Joaquín, hicieron su vida cerca del mar, la gozadera de vivir y otras disciplinas de lo que llamamos vida. Mariano fundó uno de los mejores hoteles en la ciudad y pudo llevarlo hasta el día de la intervención socialista, aunque muchas veces había tenido grandes rollos con el jefe de la policía en los gobiernos de turno. La noche de Año Nuevo de 1955 se apareció el capitán a beber con una muchacha y, haciéndose el gracioso, se mofó de la cojera del tío, adquirida en un accidente en el mar. Mariano lo retó.

—Quisiera que te quitaras los grados y la pistola y me llevaras a un lugar apartado, con tu gente y la mía, para darnos cuarenta piñazos —le dijo al capitán, y este aceptó.

Para allá fueron Mariano y Eugenio junto a los consortes del capitán. Cuentan que la pelea fue tan dura como la del bisabuelo contra el cocodrilo, pero después de sendos golpes, el capitán le dio la mano diciéndole: «Esto queda aquí; me disculpo por mi actitud y no te preocupes, nunca vas a tener problemas».

Cuando Mariano me hacía la historia, siempre terminaba diciendo: «El problema vino después, con Fidel, que me lo quitó todo».

Lo que más amo de mis tíos fue la solidaridad con mi padre cuando lo acusaron, como a todos los pastores bautistas, de ser asalariados de Estados Unidos y lo llevaron a la cárcel. Recuerdo que cuando llegaba el Día de Reyes, recibíamos más juguetes que ningún otro muchacho. Todos los Entenza, encadenados en la misma causa, atesoraban para ese día infinidad de regalos, sobre todo para mí, pues mi hermano Otoniel era muy pequeño en aquella crisis familiar, y Jonathan no había nacido.

Y allí, en mi casa en Cienfuegos, recibíamos al ejército de tías y tíos. Allí estaban todos, incluidos algunos primos mayores que pelearon en el Escambray y fueron acusados de «comevacas» y proscritos por la revolución. Allí sentía el amor de María Concepción (Concha); de Mercedes (Ceíta), la que años después me dio abrigo en su casa en Palmarito cuando me fugué del Servicio Militar; estaba Nélida (Neca); Mariano; Cayetano (Cayito), que hablaba con las palomas. Hacía mil bromas Eugenio (Kiki), el más gozón, y Raúl, de una nobleza de Dios. También estaba Hilda, distribuyendo los regalos, organizando el festín mientras mi madre lloraba de emoción.

Todos se fueron, se fueron lejos a fundar de nuevo y a pelear con cocodrilos de otro mundo. Se fueron a rezar el padrenuestro y a cantar serenatas con dos cajas de cerveza en un nuevo laberinto de hoteles, olas altísimas y fiestas innombrables hasta la llegada del alba. Se marcharon uno a uno por soledades internas o por demasiada compañía; por el uso indiscriminado de la vida o por mucha mayordomía del tiempo. Mi viejo, el pastor de la familia, los fue despidiendo en las puertas del cementerio donde él también está.

Es triste repasar los viejos tiempos, pero si voy a lograr la primera lágrima, esta se convierte en una sonrisa al recordar a todos los Entenza cuando me llevaron a pescar por primera vez en un bote hermoso de Mariano. Me dieron el nailon ya con el anzuelo en el agua, y me dijeron: «Tira con fuerza, que tú también eres un hombre de mar». Halé y halé hasta que un enorme pez atragantado con el gancho salió a flote. Años después supe que habían lanzado al pez ya muerto y asegurado con el anzuelo. Cosas de tíos feroces pero precisos y amorosos.

La última vez que bañé a mi padre Miguel, solitario porque fue el último en irse, bajo la ducha fría comenzó a cantar La Rondalla:

«En esta noche clara de inquietos luceros

lo que yo te quiero

te vengo a decir.

Mirando que la luna extiende en el cielo

su pálido velo

de plata y zafir.

En mi corazón

siempre estás

y yo no he de olvidarte jamás

porque yo nací

para ti

y la dueña de mi alma serás…»

Días después murió, lleno de historias, heridas, ternuras y desencantos. A la semana de su partida, llegó a Cuba la pandemia de covid-19 que, desafortunadamente, comenzó en la villa de La Santísima Trinidad.

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