
El zarpazo vikingo que dejó helados a los elefantes
Por Yoyo Malagón ()
Arlington.- Qué partidazo nos regalaron noruegos y marfileños en el corazón de Texas, en ese gigante de cemento y acero que llaman Estadio Dallas. Porque el fútbol, queridos amigos, no entiende de fronteras ni de climas, y en Arlington, donde el sol aprieta como puño cerrado, dos selecciones se fundieron en un duelo de esos que te dejan las uñas mordidas y el corazón en la garganta. Noruega, con su frialdad nórdica, y Costa de Marfil, con su calor africano, se enredaron en una batalla que parecía sacada de un cuento épico, de esos que contaría con una empanada en una mano y un café en la otra.
Y fue Antonio Nusa, ese muchacho que parece que lleva el diablo en las piernas, quien abrió la lata a los 38 minutos, con un gol que entró como cuchillo caliente en mantequilla. Pero no se crean que los marfileños se achicaron, ni mucho menos, porque Costa de Marfil tiene casta y corazón de león, y Amad Diallo, aunque no empezó de titular, se encargó de recordarle al mundo que los africanos no se rinden ni aunque les llueva fuego del cielo. El partido era un sube y baja de emociones, con ataques y contraataques que mareaban más que un viaje en tractor por la Artemisa de los años ochenta.
En la primera parte, los noruegos desaprovecharon más ocasiones que pescador sin paciencia, y Haaland, ese ogro rubio que parece salido de una saga vikinga, falló una y otra vez como si el arco se hubiera vuelto más pequeño por arte de magia. Hasta Sorloth, su socio de ataque, se sumó a la danza del fracaso, y entre los dos armaron un dúo de ocasiones perdidas que hasta el más pintado habría metido de taquito. Pero así es el fútbol, mis queridos lectores, porque a veces el balón tiene dueño y otras veces parece que se esconde como niño travieso debajo de la cama.
Un segundo tiempo de locura
Los marfileños, eso sí, no se quedaron de brazos cruzados, porque eso de ser menos organizados pero igual de pujantes les sale en la sangre, y se acercaron al arco de Ørjan Nyland más veces que un vecino chismoso a la ventana. Pero el portero noruego, con sus manos grandes como palas, se encargó de cerrar la puerta una y otra vez, aunque los africanos llegaban como oleaje en playa brava, con esa mezcla de garra y técnica que los hace tan peligrosos. Al descanso, los vikingos se fueron con la ventaja, pero Costa de Marfil dejó claro que no habían dicho su última palabra.
Y entonces, señoras y señores, llegó el momento cumbre, porque Diallo, que había vuelto del banquillo con más hambre que un estudiante de medicina en noche de finales, se inventó una jugada de antología. Pared aquí, recorte allá, y ese zurdazo que se fue al palo lejano de Nyland como un misil teledirigido, y el partido se empató cuando el reloj marcaba los últimos quince minutos de una batalla que parecía no tener dueño. Pero, ay, la vida es una ruleta, y justo cuando Diallo tuvo que salir por un tema reglamentario y volver a entrar como si nada, Haaland, el gigante rubio, aprovechó un descuido de la defensa africana para empujar el balón a la red y poner el 2-1 definitivo.
El golpe fue tan demoledor como un martillazo en el pecho, y Costa de Marfil, aunque peleó con el alma hasta el silbatazo final, no pudo remontar una historia que ya estaba escrita con tinta noruega. Ahora Noruega, con su fiereza vikinga, se medirá a Brasil en octavos de final, un duelo que promete ser de esos que hacen historia, mientras los marfileños se van con la cabeza en alto y el corazón partido, pero con la certeza de que dieron todo lo que tenían. Porque el fútbol, mis queridos amigos, es así de cruel y de hermoso, y hoy, en Texas, los elefantes se fueron con las trompas abajo, pero los vikingos alzaron sus espadas al cielo.






