
El enigma de los cráneos niños
Por RHafa Junco ()
Madrid.- Los arqueólogos, con esa manía suya de querer encajar las piezas del pasado en los moldes del presente, creyeron al principio que estaban ante el entierro de un bebé. Nada extraordinario, pensaron. Otro niño que se fue demasiado pronto, otro pequeño cuerpo devuelto a la tierra entre ofrendas y lamentos. Pero entonces observaron mejor su cabeza, y el aire se les quedó en los pulmones. Porque alrededor de ese cráneo diminuto, como una corona macabra o un casco de guerra, había otro cráneo. Y otro más. Y entonces comprendieron que aquello no era un simple entierro, sino algo que ningún manual de arqueología había previsto.
Ocurrió en Salango, esa costa ecuatoriana donde el Pacífico se estrelló contra los mismos acantilados que vieron pasar a los antiguos habitantes de la cultura Guangala. Entre 2014 y 2016, en dos montículos funerarios que guardaban el silencio de unos 2.100 años, aparecieron los restos de once personas. Pero dos de esos entierros eran diferentes a todo lo conocido. Dos bebés, uno de unos 18 meses y otro de entre seis y nueve, habían sido enterrados con la bóveda craneal de otros niños colocada alrededor de su propia cabeza. Como si los hubieran equipado con cascos hechos de hueso, como si alguien, en medio del dolor, hubiera querido que esos pequeños viajaran al otro mundo con la cabeza bien protegida.
No hay pruebas de que los bebés caminaran en vida con aquellos cráneos añadidos. Todo apunta a que los colocaron durante el ritual funerario, quizá en el mismo instante en que la comunidad se despedía de ellos. En uno de los casos, los arqueólogos encontraron incluso un pequeño hueso de una mano entre ambas cabezas, como un último gesto de cariño o como una llave para abrir la puerta del más allá. Pero nadie sabe por qué. Los investigadores tampoco encontraron señales suficientes para afirmar que aquellos niños hubieran sido sacrificados con el propósito de utilizar sus cráneos. No había marcas de violencia, no había evidencias de una muerte provocada. Solo el silencio de los huesos y la pregunta clavada como una espina.
Un susurro de los tiempos
Lo que sí observaron fue que todos los restos involucrados mostraban señales de enfermedad, desnutrición u otras formas de estrés físico. Y el lugar, además, había sufrido poco antes los efectos de una caída de ceniza volcánica. Entonces surgió una posibilidad inquietante: quizá la comunidad estaba atravesando una época de enfermedad, escasez o crisis ambiental, y aquel extraño entierro formaba parte de una respuesta ritual ante algo que no podían controlar.
Una forma de devolver a la tierra lo que la tierra había tomado, o quizá un intento desesperado de proteger a los más vulnerables cuando todo a su alrededor se desmoronaba. Pero sigue siendo solo una hipótesis, un susurro entre los escombros del tiempo.
También se ha propuesto que los cráneos pudieron actuar como una forma de protección para los bebés después de la muerte. Cerca de otros entierros infantiles aparecieron pequeñas figuras de piedra relacionadas con los antepasados, lo que sugiere que aquellas comunidades concedían una importancia especial a proteger o acompañar a los niños en su tránsito funerario. Hasta ahora, no se conoce otro caso igual. Los investigadores lo describieron como el único ejemplo conocido de niños enterrados con cráneos de otros menores utilizados como una especie de tocado funerario. La imagen, reconozcámoslo, resulta perturbadora para nosotros, gente del siglo XXI acostumbrada a enterrar a nuestros muertos en cajas de madera pulida y flores de plástico.
Pero los arqueólogos advierten que no debemos imponer automáticamente nuestras propias ideas sobre la muerte a una sociedad que vivió hace más de dos mil años. Para aquella comunidad, quizá no era una escena de horror. Quizá era exactamente lo contrario. Quizá aquellos cráneos de niños muertos eran un manto de protección, un abrazo de hueso, una última forma de cuidar a un niño que ya no podían salvar. Porque en el fondo, y aunque nos cueste entenderlo, el amor también puede tener la forma de un cráneo. Y la muerte, la misma muerte que tanto tememos, puede ser, como aquel día en Salango, el último acto de ternura.






