Cuando el culto al líder sustituyó a las instituciones, toda una nación terminó pagando el precio

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- No todos los desastres nacionales nacen únicamente de una mala ideología. Algunos son también el resultado de una personalidad incapaz de reconocer límites. La historia demuestra que cuando un hombre concentra todo el poder durante demasiado tiempo, termina creyéndose indispensable, infalible y superior a las instituciones. En Cuba, Fidel Castro representó ese fenómeno con una intensidad pocas veces vista en la historia contemporánea.

No corresponde hacer un diagnóstico médico de quien ya pertenece a la historia. Sin embargo, sí es posible analizar su conducta política. Durante más de cinco décadas gobernó convencido de que solo él podía decidir el destino de once millones de cubanos. Ministros, jueces, generales y dirigentes terminaron subordinados a su voluntad. La República dejó de estar regida por las leyes para depender del criterio de un solo hombre.

Un antiguo aforismo atribuido a Séneca advierte que «quien quiere estar en todas partes, termina por no estar en ninguna». Fidel Castro hizo exactamente lo contrario: quiso decidirlo todo. Ninguna decisión importante escapaba a su control. Desde la economía hasta la agricultura, desde la política exterior hasta la cultura, todo debía pasar por su aprobación. Cuando un gobernante pretende sustituir el funcionamiento de las instituciones con su propia voluntad, el Estado deja de pertenecer a la nación para convertirse en patrimonio del gobernante.

Un error tras otro

Aquella forma de ejercer el poder explica muchas de las decisiones que marcaron el destino de Cuba. Rompió las relaciones con el principal mercado de la economía cubana, confiscó propiedades sin prever las consecuencias económicas y subordinó el futuro del país a una Unión Soviética incapaz de sostener indefinidamente aquel modelo. Más tarde, comprometió recursos nacionales en conflictos militares en África mientras la población sufría carencias crecientes.

La personalidad del líder terminó imponiéndose sobre el interés nacional. Fidel Castro gobernó como si Cuba fuera una propiedad privada. Regaló bienes del Estado, distribuyó privilegios según su voluntad y convirtió la fidelidad política en el principal requisito para ascender. La famosa frase atribuida a Luis XIV, «El Estado soy yo», pareció encontrar una expresión práctica en el castrismo. Las instituciones dejaron de existir como contrapeso del poder.

También existe una responsabilidad colectiva que la historia no debe ignorar. Durante años millones de personas aplaudieron, guardaron silencio o aceptaron como normales decisiones que, en cualquier democracia, habrían provocado la reacción inmediata de la sociedad. El miedo explica una parte de ese silencio; la propaganda explica otra. Pero la historia exige reconocer que la indiferencia y la resignación también facilitaron la consolidación del poder absoluto.

Un país en ruinas, como resultado

Los resultados están a la vista. Una economía devastada, una producción agrícola destruida, una industria prácticamente desaparecida, más de tres millones de cubanos viviendo fuera de su patria y varias generaciones condenadas a sobrevivir dependiendo de remesas o de la ayuda del Estado. Ninguna propaganda puede ocultar ese balance.

El mayor error de Fidel Castro no fue únicamente abrazar una doctrina equivocada. Fue creer que él mismo encarnaba el destino de la nación. Cuando un gobernante se considera indispensable, termina destruyendo precisamente aquello que dice querer salvar. La historia de Cuba constituye una de las demostraciones más dolorosas de esa verdad.

Porque ningún hombre, por brillante que se crea, puede sustituir a las instituciones de una República. Cuando el poder pierde sus límites, también pierde el rumbo. Y cuando una nación queda sometida durante décadas a la voluntad de un solo individuo, el desastre deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza.

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