
La trenza de los mil años
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La parte más frágil de su cuerpo fue la que mejor sobrevivió: una cabellera de 2,80 metros que continúa unida al cráneo después de más de dos mil años. El cabello no cae libremente como en las imágenes románticas. Está organizado en dos grandes trenzas sujetas con listones y envueltas con finas ataduras del mismo material capilar. El peinado debió requerir tiempo, precisión y un conocimiento cuidadoso de cómo distribuir una longitud extraordinaria sin perder su forma.
Pertenece a la cultura Nasca y se conserva en el Museo de Arqueología de la Universidad Nacional de Trujillo, en Perú. La ficha oficial sitúa el cráneo hacia el año 200 a.C. y lo atribuye a una mujer de unos 50 años.
También propone que pudo ser una sacerdotisa. Pero esa identificación debe entenderse como una hipótesis. El cabello, por sí solo, no permite establecer la profesión ni la autoridad religiosa de una persona. En las sociedades antiguas de la costa sur peruana, la posición social se expresaba con indumentaria, adornos y tratamientos funerarios, pero sin conocer el contexto completo de la tumba, es imposible asegurar quién fue aquella mujer.
La aridez extrema y la conservación
Lo que sí puede observarse es que su peinado no fue improvisado. En el mundo Nasca, el cabello aparece repetidamente en cerámicas y representaciones de seres humanos y personajes sobrenaturales. En algunas imágenes se muestra largo, extendido o convertido en un elemento que aumenta visualmente el poder de la figura. El cabello no era únicamente una parte del cuerpo. Podía participar en la construcción pública de una identidad.
Su conservación también se explica por el entorno. La aridez extrema de la costa meridional del Perú permitió que tejidos, fibras y restos humanos sobrevivieran durante siglos. La queratina del cabello resiste la descomposición mejor que muchos tejidos blandos. Por eso, los arqueólogos han podido analizar cabellos Nasca para estudiar cambios en la alimentación y reconstruir etapas de la vida de personas cuyos nombres desaparecieron hace mucho tiempo. Cada sección del cabello puede conservar señales químicas de los alimentos consumidos mientras crecía. Aquello que parece solamente un peinado puede convertirse también en un archivo biológico.
Pero no se ha publicado un análisis de esta pieza que permita reconstruir la vida de su propietaria. Tampoco sabemos si la longitud creció directamente sobre su cabeza o si fue modificada como parte del tratamiento funerario. Por eso, lo más valioso no consiste en convertirla apresuradamente en una «Rapunzel peruana» ni en completar su historia con detalles que la arqueología aún no ha demostrado. Aquella mujer perdió su nombre, su voz y casi toda posibilidad de explicar quién había sido. Su cabello, preparado con una precisión extraordinaria, permaneció unido al cráneo como la última parte visible de una identidad que el tiempo no consiguió borrar por completo.






