
La góndola vacía
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El dirigible descendió sobre una playa de California y dos pescadores corrieron para sujetarlo. Cuando miraron dentro de la cabina, descubrieron que no había nadie. Minutos después, la aeronave volvió a elevarse sola. Era la mañana del 16 de agosto de 1942, y Estados Unidos llevaba pocos meses en la guerra. La costa del Pacífico vivía en alerta, temiendo submarinos japoneses. Pero aquel día, el miedo no llegaría del mar.
El L-8 había despegado de Treasure Island antes del amanecer. A bordo viajaban dos pilotos experimentados: el teniente Ernest DeWitt Cody y el alférez Charles Ellis Adams. Su misión era rutinaria: patrullar el océano y buscar señales del enemigo. No era un dirigible cualquiera; había participado en la incursión Doolittle, transportando piezas hasta el portaaviones Hornet. Pero aquella mañana solo debía volver a casa.
Cerca de las ocho, los pilotos comunicaron por radio que habían visto una mancha de aceite sobre el mar. Un posible submarino. El L-8 descendió para investigar y lanzó señales de humo. Varias embarcaciones vieron la aeronave volando a baja altura. Después, el silencio. Los operadores intentaron comunicarse, pero nunca recibieron respuesta.
¿Qué paso con los pilotos?
Horas más tarde, el dirigible apareció cerca de Ocean Beach. Volaba tan bajo que rozó la arena. Dos pescadores lo sujetaron por las cuerdas y uno se asomó a la góndola. Los pilotos habían desaparecido. El L-8 volvió a elevarse, chocó contra una pendiente y continuó su viaje solitario sobre las viviendas. Rozó tejados, derribó postes y cables, hasta que se desplomó en una calle de Daly City. La radio funcionaba. Los paracaídas seguían dentro. No había señales de lucha.
La Marina buscó durante días. No encontraron cuerpos, ni chalecos, ni rastros. La teoría más aceptada dice que uno de los pilotos perdió el equilibrio al asomarse y el otro cayó al intentar ayudarlo. Pero si uno cayó primero, ¿por qué el otro no pidió ayuda por radio? El L-8 fue reparado y voló durante años. Sus pilotos, en cambio, nunca regresaron. Y el mar, que guarda tantos secretos, aún no ha devuelto el suyo.






