Los inquilinos del subsuelo de Notre-Dame

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El incendio de Notre-Dame, en 2019, no solo derribó la aguja y calcinó la cubierta. También obligó a levantar los suelos para instalar un andamio. Y debajo de las losas, donde nadie excavaba desde hacía siglos, aparecieron los muertos. Dos ataúdes de plomo, porque en la catedral de París, hasta la muerte tiene clase. La ley francesa, que no perdona ni ante una reconstrucción, exigió revisar lo que había bajo el crucero. Y los arqueólogos, con prisas y sin apenas margen, encontraron lo que ningún incendio había podido tocar.

El primer ataúd no dio problemas. Una inscripción lo delató: Antoine de La Porte, canónigo de Notre-Dame, muerto en 1710 a los 83 años. Las medallas, el rango, la gota en los huesos —esa enfermedad de los que comen bien—, todo cuadraba. Era un clérigo rico, que había pagado obras en el coro y, por supuesto, se había ganado un sitio de honor bajo las piedras. Su caso era como un expediente cerrado.

El segundo ataúd era otra historia. El hombre había muerto en el siglo XVI, entre los 30 y los 40. Las caderas delataban que había montado a caballo toda la vida: el «Caballero». Pero su cráneo estaba abierto y el pecho cortado, como si hubiera sido autopsiado. Flores alrededor de la cabeza, probablemente una corona. Y una tuberculosis ósea, además de meningitis crónica. No era un guerrero, sino un hombre enfermo, pero con honores de príncipe.

Sigue la búsqueda

En 2024, el antropólogo Éric Crubézy lanzó la hipótesis: ¿y si aquel Caballero era Joachim du Bellay, el poeta renacentista, fundador de La Pléiade? Du Bellay murió en París en 1560, a los 35 años, después de viajar mucho a caballo. Su familia tenía vínculos con la Iglesia y la corte. Y los documentos históricos dicen que fue enterrado en Notre-Dame, aunque nadie había dado con su tumba. Demasiadas coincidencias para ignorarlas.

Pero la ciencia no se rinde por poesía. Los dientes del Caballero sugieren que creció en París o en la región de Lyon, mientras Du Bellay era de Anjou. Sin ADN familiar que comparar, quizás nunca podamos confirmarlo. El incendio no abrió las tumbas, pero abrió la posibilidad de hacer preguntas que llevaban cuatro siglos enterradas.

Y mientras la catedral se levanta de nuevo, sus antiguos inquilinos —el canónigo y el poeta, el funcionario y el verso— han vuelto a la luz, aunque sea para recordarnos que bajo las piedras, la historia nunca descansa del todo.

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