
El barco que se hundió antes de navegar
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El Vasa fue el mayor barco de guerra de su tiempo y el mayor fracaso naval de la historia de Suecia. En el verano de 1628, el capitán Söfring Hansson pidió una prueba de estabilidad. Treinta hombres corrieron de un lado a otro mientras el barco estaba amarrado. El balanceo fue tan alarmante que el vicealmirante ordenó detener la prueba por temor a que volcara allí mismo. La advertencia quedó registrada, pero el rey Gustavo II Adolfo exigía que el barco zarpara. La orden era más fuerte que la física.
El Vasa medía 69 metros, llevaba 64 cañones y estaba cubierto de esculturas doradas. Leones, guerreros y emperadores romanos decoraban su popa. Todo era una declaración de poder, un mensaje de que Suecia iba a dominar el Báltico. El problema era que el mensaje pesaba más que el barco. Su centro de gravedad era demasiado alto y el lastre no bastaba para corregirlo. Era una fortaleza flotante que solo necesitaba un poco de viento para convertirse en un ataúd.
Un monumento al exceso
El domingo 10 de agosto, el puerto de Estocolmo se llenó de espectadores. A bordo subieron marineros, oficiales, mujeres y niños. El Vasa zarpó entre salvas y vítores. Una ráfaga lo inclinó, se enderezó. Luego, otra ráfaga más fuerte lo empujó de nuevo. Esta vez, las aberturas de los cañones quedaron bajo el agua y el mar entró como si llevara siglos esperando. El barco se hundió a solo 1.300 metros del muelle, a la vista de todos los que habían ido a despedirlo.
Alrededor de treinta personas murieron. La investigación oficial buscó culpables, pero nadie fue castigado. Los oficiales dijeron que los cañones estaban asegurados, los constructores que habían seguido el diseño. El responsable, Henrik Hybertsson, había muerto el año anterior y se llevó la culpa a la tumba. El rey, que había exigido el barco, no admitió error. La historia del Vasa se convirtió en un manual de cómo fallar sin que nadie pague las consecuencias.
El Vasa permaneció 333 años en el fondo del puerto. En 1961, lo rescataron casi intacto, conservado por el agua fría y salobre. Hoy es el barco más estudiado de la historia, precisamente porque no llegó a ninguna batalla. Fue construido para la gloria y terminó como un recordatorio de que el poder, cuando desprecia la física, siempre se hunde antes de zarpar. Un monumento al exceso, una lección para reyes y para todos los que creen que las órdenes pueden doblegar las leyes de la naturaleza.






