
El oficio más viejo del mundo también tuvo dueños
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El oficio más viejo del mundo no era cosa exclusiva de señoras. Ni en Roma, ni en Mesopotamia, ni en ninguna civilización que se preciara. Los hombres también vendieron su cuerpo, y no siempre por hambre. A veces por placer, a veces por poder, a veces por devoción. Pero siempre, siempre, por dinero.
En la Roma clásica, el escándalo no era con quién te acostabas, sino qué papel jugabas. Ser el activo era de macho romano; ser el pasivo, de ciudadano de segunda. El poeta Juvenal se quejaba: «Los romanos son tan depravados que ya no pagan para someter, pagan por ser sometidos».
Así que, aunque la prostitución masculina no era tan numerosa como la femenina, los gigolós abundaban en tabernas y baños públicos. Y el menú era variado: pathici (pasivos), ephebi (adolescentes), fellatores (especialistas en oral) y los spadones, esos hombres sin testículos que triunfaban entre las matronas porque garantizaban diversión sin riesgo de embarazo. Sería la versión antigua del método anticonceptivo definitivo.
Los sumerios eran más exagerados
Pero si los romanos eran liberales, los sumerios les daban mil vueltas. En Mesopotamia, la prostitución masculina no solo era legal, sino que gozaba de prestigio. La diosa Inanna, que regía el amor y la guerra, era la cortesana de los dioses, y el sexo pagado era una forma de culto sagrado que financiaba los templos. Allí el panorama era de lo más variopinto: los assinum, hombres que se maquillaban como mujeres para atender a otros caballeros, y los ishtarium, un clero sagrado de alto copete que ofrecía sus servicios a élites y grandes fortunas. Nada de marginalidad, todo lo contrario: eran los VIP del sexo sagrado.
Lo mejor de todo es que las parejas de la época no se tiraban los trastos a la cabeza. Si tu mujer se acostaba con un ishtarium en el templo, el marido no se pillaba un rebote; se sentía orgulloso de que su esposa tuviera acceso a semejante nivelazo. El sexo no era tabú, era transacción. Y la religión, la excusa perfecta.
Así que la próxima vez que alguien diga que la prostitución femenina es el oficio más viejo del mundo, recuérdenle que los hombres también estuvieron en el negocio. Y no siempre como clientes. A veces como sacerdotes, a veces como esclavos, a veces como artistas del placer. Lo único que no ha cambiado en tres mil años es que, al final, todo se reduce a oferta y demanda. Y los romanos y sumerios ya lo habían entendido antes de que nadie inventara el término «trabajador sexual».






