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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- El cubano que fuimos se me ha ido quedando atrás, como una fotografía que amarillea en silencio.

A veces pienso que nos volvimos mediocres, pero no por maldad: por desgaste, por cansancio, por tanta historia encima.

Recuerdo a mis abuelos como quien recuerda un templo. Católicos, decentes, de economía justa pero de alma grande.

En su casa la palabra era limpia, el gesto era digno, y la chabacanería se quedaba afuera, golpeando la puerta sin entrar jamás. Ellos enseñaban sin alzar la voz: solidaridad, respeto, responsabilidad con el otro. Y sus hijas heredaron esa luz.

Luego llegamos nosotros, ya marcados por un sistema que deformaba hasta la respiración. Pero tuvimos suerte: alcanzamos a agarrar lo mejor de sus primeros años y lo mejor de nuestra familia. Aún no estábamos tan contaminados.

Fuimos —lo creo de veras— una de las mejores generaciones nacidas después del 59, y una de las últimas en saber lo que era crecer con cierta inocencia. Después, la miseria económica y la miseria humana crecieron juntas, como dos sombras que se alimentan entre sí.

Pasamos de decir “buenos días” a no decir nada. De ofrecer café a esconderlo. De jugar dominó en la acera a vivir tras barrotes, como si la casa fuera una celda.

Y llegaron los robos, la violencia, la droga, la gente hurgando en los basureros, la mendicidad, el lenguaje roto, el mal gusto. Se nos evaporó el glamour de los trajes y los sombreros, como si un viento caliente hubiera barrido la elegancia de un país entero.

Las nuevas generaciones crecieron en ese paisaje. No son malas: son hijas de su tiempo. Aprendieron a sobrevivir, no a soñar. Su meta es simple y enorme: ayudar a los suyos… y marcharse.

El cubano de exportación de hoy es un ser complejo: sabe de todo, y lo que no sabe lo inventa. Primero la cola del subsidio; el trabajo, si acaso, después.

Y donde llega, llega con estruendo: el acento alto, las malas palabras como bandera, la certeza de que siempre tiene la razón.

La moda ahora es enseñar medio cuerpo, tatuarse la piel entera, fumar marihuana y bailar reguetón como si fuera un rito ancestral.

Una cultura hecha de ruido, de urgencia, de supervivencia.

A veces miro todo esto y siento que los cubanos de hoy me quedan lejos, como si habitaran otro planeta. Y me pregunto, en voz baja, si todavía soy cubano, porque ya casi nada de ese espejo me reconoce.

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