
El discurso de la ruina
Por Jorge Sotero
La Habana.- Uno termina de leer el discurso de Miguel Díaz-Canel este 16 de abril y siente que está atrapado en una máquina del tiempo, pero de las malas. Canel vuelve a sacar del congelador el mismo libreto de hace 60 años: Girón, el imperialismo, Fidel, la épica… y cero respuestas a la Cuba real que hoy se cae a pedazos. Es como si el país estuviera en ruinas y el tipo decidiera dar una clase de historia para distraer a los que están pasando hambre.
Se pasa párrafos enteros glorificando una victoria de 1961. Eso no resuelve el apagón de anoche o el desayuno que no llegó esta mañana. La épica revolucionaria la tienen convertida en un refugio, en un escudo para no hablar de lo que duele de verdad. Es más fácil gritar “¡victoria!” que explicar por qué un país entero vive entre apagones, escasez y desesperanza. La historia, en manos de esta gente, no es memoria: es cortina de humo.
Después viene el clásico: el bloqueo. Todo es culpa del bloqueo. Absolutamente todo. Desde la falta de combustible hasta la migración masiva de jóvenes. Resulta insultante ese intento burdo de borrar de un plumazo décadas de mala gestión, de decisiones absurdas y de un modelo económico que no funciona por culpa del bloqueo. Decir que el bloqueo es el “principal causante” de todos los problemas no es un análisis, es una coartada.
Lo más cínico del discurso es cuando reconoce, casi de pasada, que hay “errores propios”. Lo dice rápido, sin detenerse, como quien menciona algo por compromiso. Esos “errores” son, en realidad, la raíz del desastre. No es un detalle menor: es un sistema que ha fracasado y que ellos mismos se niegan a reformar en serio. Entonces maquillan el desastre con consignas, con aplausos dirigidos y con un patriotismo de micrófono que ya no convence a nadie.
Lo más gracioso de todo es cuando ponen un plano general del acto y se ven los carneros de siempre. La mitad de esos infelices tenían puesto el Parole antes de Trump cerrarlo y la otra mitad está esperando el correo de la embajada española en Cuba para recoger pasaporte.
Mientras tanto, la realidad se les cuela por las grietas del propio discurso. Cuando habla de apagones, de falta de combustible, de paralización del país… está describiendo un colapso. En vez de asumirlo con responsabilidad, lo envuelve en una narrativa épica, como si resistir fuera un logro y no una condena. Convertir la miseria en heroísmo es una de las maniobras más viejas del castrismo, y Díaz-Canel la repite al pie de la letra.
Al final, el cierre no sorprende: más consignas, más Fidel, más llamados a resistir y hasta la insinuación de una posible agresión militar. Siempre el enemigo externo, siempre la amenaza, siempre el mismo cuento.
Lo que nunca aparece es una solución concreta, un plan serio, una autocrítica real. Este discurso no es más que eso: un reciclaje de frases gastadas para intentar sostener un sistema que hace rato perdió el contacto con la vida de la gente.
Entre más aplauden en la tribuna, el país sigue apagándose. Sigan así, que este pudo ser el último 16 de abril en dictadura.






