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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Mañana, 17 de junio, el Comité Central del Partido Comunista se reunirá en pleno extraordinario para analizar un paquete de medidas económicas que Díaz-Canel, con su habitual tono de profeta improvisado, ha calificado como «de gran alcance».

Habló de autonomía empresarial, de apertura turística, de incentivos a la inversión extranjera y de una supuesta descentralización que suena a música celestial para oídos de los que aún creen en los milagros. Pero no me vengan con cuentos, porque esto no es un plan de salvación: es el estertor de un régimen que ve el cerco encima, que huele el cambio de viento y que sabe que Donald Trump no va a llegar con flores, como hizo Barack Obama, sino con un machete bien afilado.

Lo primero que hay que decir es que estas medidas pudieron aplicarse hace diez años, hace veinte, hace cuarenta o hace sesenta y siete. Pero no, tuvieron que esperar a que la isla estuviera hecha polvo, a que los apagones fueran la nueva normalidad, a que la escasez se convirtiera en un hábito y a que el malestar social creciera como una marea que ya no pueden contener con discursos grandilocuentes.

¿Y por qué ahora? Porque ven el poder en riesgo, y el poder, para esta gente, es más importante que cualquier reforma, que cualquier apertura o que cualquier bienestar para el pueblo. Ahora sí, ahora que la presión de Washington es asfixiante, ahora que el bloqueo se ha recrudecido y que Trump no les dará ni un centímetro de tregua, deciden que es momento de «cambiar». Pero el cambio no nace de la convicción, nace del pánico.

La doble moral del castrismo

Y aquí viene lo más grotesco, lo que debería hacer saltar todas las alarmas de cualquier observador mínimamente informado: las medidas anunciadas son la prueba más fehaciente de que las trabas a la economía no las ponía Estados Unidos, sino el propio gobierno de La Habana.

Durante décadas, el régimen nos vendió la historia de que el bloqueo era el culpable de todo, que sin el cerco yanqui Cuba sería un paraíso. Pero ahora resulta que pueden eliminar las importadoras estatales como intermediarias obligatorias, que pueden dar autonomía a las empresas y que pueden permitir que los productores agrícolas accedan a insumos y cuentas bancarias reales. ¿Y cómo es posible, si el bloqueo sigue intacto? Ah, claro, porque el verdadero bloqueo no era el de Washington, era el que ellos mismos le pusieron a la iniciativa cubana.

Pero la joya de la corona, la medida que delata toda la hipocresía del régimen, es la apertura a los cubanos que viven en el exterior para que corran a invertir en la isla. Esos mismos cubanos que durante décadas fueron parte de la «mafia» de la que Fidel Castro, su hermano y el propio Díaz-Canel nunca quisieron saber. Esos mismos que fueron vilipendiados, perseguidos y tildados de gusanos, traidores y enemigos de la revolución.

Ahora, de repente, son bienvenidos, son «hermanos» que pueden aportar su dinero y su experiencia. ¿Pero quién se va a arriesgar a poner un centavo en un país en quiebra, con un sistema judicial que no garantiza nada, con una burocracia asfixiante y con un gobierno que mañana puede cambiar de opinión y nacionalizar todo de nuevo? Nadie con dos dedos de frente lo hará.

Se les acabó el tiempo

Y no me vengan con el cuento de los municipios autónomos. ¿Qué recursos van a exportar? ¿Qué capacidad tienen para gestionar inversiones si no pueden ni con las necesidades básicas de sus propios habitantes?

La autonomía municipal no se decreta, se construye con infraestructura, con capital humano y con un entorno jurídico que ofrezca garantías. Y eso es precisamente lo que no hay.

Pretender que los municipios se vuelvan magos de la noche a la mañana es una burla, una fantasía que solo puede concebir quien no pisa la realidad de este país desde hace décadas. La descentralización no es un acto de fe, es un proceso que requiere años, y ellos no tienen años: tienen días, semanas, quizás meses antes de que la situación se les escape de las manos.

Así que mañana, mientras el Comité Central se reúne en ese pleno que ya huele a desesperación, los cubanos seguirán sin luz, sin comida y sin esperanza. Porque estas medidas no son para salvar a Cuba, son para salvar el pellejo de unos cuantos que ven el poder resbalárseles entre los dedos como agua.

No van a funcionar, no van a cambiar nada, y lo único que demuestran es que el castrismo, ese dinosaurio que se niega a morir, es capaz de hacer cualquier cosa cuando el miedo le toca la puerta. Pero cuidado: el miedo no es un plan. Y el tiempo, señores, se ha acabado.

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