La historia detrás de la foto (LXXXIII)

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Por Yeison Derulo

La Habana.- Un hombre camina cabizbajo, con algo verde en la mano y la mirada perdida, como si cargara más peso del que se ve. Nadie diría, al verlo así, que ese mismo tipo estuvo sentado en la mesa donde se decidía el destino de un país. Así funciona la maquinaria del poder en Cuba: hoy estás arriba, mañana te borran, y pasado mañana eres un fantasma que deambula sin historia oficial.

Carlos Lage fue, durante años, uno de los rostros más visibles del castrismo. No era un cuadro cualquiera; era de los que hablaban, de los que ejecutaban, de los que defendían a capa y espada un sistema que no admite fisuras. Estuvo en lo más alto, con acceso, privilegios y voz. Sin embargo, bastó una decisión desde arriba para que todo eso se desmoronara como un castillo de arena. Sin explicaciones claras, sin derecho a réplica.

Lo curioso —o lo trágico— es que Lage no cayó por enfrentarse al sistema, sino por ser parte de él. No fue un disidente, no fue un rebelde. Fue, más bien, un engranaje eficiente de una maquinaria que termina devorando a los suyos. El mismo aparato que él ayudó a sostener fue el que lo expulsó sin contemplaciones. Y ahí es donde el refrán cobra sentido: quien a hierro mata, a hierro muere. No como castigo divino, sino como consecuencia lógica de un sistema diseñado para desconfiar de todos.

La foto, en ese sentido, es casi simbólica. No hay escoltas, no hay autos oficiales, no hay cámaras del noticiero. Solo queda un hombre envejecido, caminando por una acera cualquiera, como otro más. Quizás lo más duro no es la pérdida del poder, sino el silencio posterior. En Cuba, el olvido es una forma de castigo. Se borra el nombre, se elimina la historia, se reescribe el relato. El que ayer era imprescindible, hoy es irrelevante.

Al final, Lage no es una excepción; es una regla. Es el recordatorio de que dentro de ese sistema nadie está a salvo, ni siquiera los más leales. En estructuras así, la fidelidad no garantiza nada. Hoy te aplauden, mañana te investigan, y pasado mañana te sustituyen.

Mientras tanto, la vida sigue, con hombres como el de la foto caminando en silencio, cargando no solo una bolsa, sino el peso de haber creído en algo que terminó por triturarlo.

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