Díaz-Canel anuncia ‘reformas’ mientras llama a combatir a EEUU: ¿Cambios o más retórica?

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Y aquí estamos de nuevo, con Miguel Díaz-Canel, el eterno heredero del discurso, anunciando “reformas” mientras su dedo índice apunta, como siempre, hacia el norte. ¿Cambios de verdad o solo un nuevo capítulo de la telenovela cubana, esa que nos tiene a todos pegados a la pantalla de la escasez y el malestar? El hombre, con esa frescura que lo caracteriza, nos sale con que hay un “pueblo dispuesto a combatir” ante una eventual agresión de Estados Unidos. ¡Vaya usted a saber! ¿Será que el pueblo está dispuesto a combatir contra las colas interminables, contra los hospitales que se caen a pedazos, contra la nevera vacía? Porque de eso es de lo que el cubano de a pie está realmente combatiendo, día tras día, sin necesidad de que ningún mandatario le avive la llama de la resistencia.

Es la segunda vez en 24 horas que el mandatario nos regala esta perorata bélica. ¿Será que la crisis interna, ese agotamiento social que se palpa en cada esquina, ese malestar que ya ni los discursos oficiales pueden tapar, le ha dado por inspirarlo? En una entrevista con el medio ruso RT, ese que siempre está dispuesto a darle voz a quien sea, Díaz-Canel se deshizo en elogios a la “fortaleza de la unidad nacional”. ¡Qué ironía! Unidad que se construye a base de represión y silencio, unidad que se vende como virtud mientras se ahoga cualquier atisbo de disidencia. Asegura que “millones de cubanos” estarían listos para luchar “por salvar la revolución y por defender el suelo cubano”. ¿Millones? ¿O serán los mismos que salen obligados a las concentraciones para aplaudir al régimen? Porque el pueblo que yo veo en la calle lo que quiere es comer, vestirse, tener un futuro digno, no morir por una revolución que, francamente, ya huele a rancio.

¿Redimensionamiento o maquillaje burocrático?

Y mientras nos vende la película de la guerra inminente, el señor Díaz-Canel también nos suelta la bomba de los “ajustes administrativos”. Que si van a “redimensionar todo el aparato estatal, administrativo y empresarial”. ¡Qué maravilla! Más palabras rimbombantes para maquillar una realidad que se desmorona. Buscan estructuras “más planas y eficientes, más dinámicas”. ¿A quién quieren engañar? Llevamos décadas escuchando lo mismo. Cada cierto tiempo, nos anuncian una “reestructuración”, una “optimización”, un “redimensionamiento”, y al final, ¿qué cambia? Los mismos gordiflones en sus sillones, los mismos privilegios para la cúpula, y el pueblo, como siempre, remendando lo que se rompe con alambre y resignación. ¿Será que ahora, con menos ministerios, la comida aparecerá mágicamente en los mercados? ¿O que el transporte público, ese infierno diario, de repente se volverá eficiente?

Estados Unidos, por supuesto, tiene la culpa de todo. El embargo, ese fantasma que agitan cada vez que la ineficiencia del modelo centralizado se hace insoportable. Omiten, claro está, las décadas de malas decisiones, de planificación centralizada que ahogó la iniciativa, de reformas fallidas que solo sirvieron para perpetuar el desastre. ¿Acaso el embargo obliga a tener hospitales sin medicinas, a escuelas sin pupitres, a apagones que nos devuelven a la edad de piedra? No nos tomen por idiotas. La crisis estructural tiene nombre y apellido, y no es precisamente el del Tío Sam.

La propaganda bélica: ¿un escudo contra la realidad?

Y para rematar la faena, la retórica oficial de resistencia bélica se intensifica. Que si el Pentágono planea una acción militar, que si hay un “asedio permanente”. El Granma, ese panfleto del Partido Comunista, se llena de épica barata, de llamados a la movilización, de referencias a Playa Girón. ¡Como si la historia fuera a repetirse de la misma manera! Mientras tanto, la realidad es otra: un pueblo cansado, harto de sacrificios, que solo anhela una vida normal, lejos de discursos de guerra y consignas vacías. ¿De verdad creen que con eso van a distraer a la gente de las colas para el pan, de la falta de gas, de la inseguridad que crece?

Agradecen el apoyo de Rusia, de China, de Vietnam. Aliados estratégicos que les venden el petróleo que aquí no llega a las gasolineras, que les venden los bienes que aquí escasean. Un salvavidas externo que les permite seguir manteniendo el tinglado, mientras el país se ahoga en su propia ineficiencia. Y para colmo, Donald Trump, con su habitual estilo, promete un “nuevo amanecer para Cuba”. ¿Será que el nuevo amanecer implica una intervención militar? ¿O será que simplemente se aprovechan del descontento para seguir con su juego de poder?

La declaración del Granma es un compendio de frases grandilocuentes, de apelaciones a la sangre mambisa y rebelde, de héroes y mártires. “Cuba no será jamás un trofeo, ni una estrella más de la constelación estadounidense”. ¡Qué bonito suena! Pero, ¿a qué precio? ¿A costa de seguir viviendo en la precariedad, de seguir viendo cómo nuestros jóvenes emigran en busca de un futuro que aquí no tienen? ¿De seguir escuchando que hay que combatir, cuando lo que hay que hacer es construir, crear, dar oportunidades?

Y mientras tanto, ¿qué pasa con las supuestas reuniones entre funcionarios del Departamento de Estado y altos cargos del régimen, como ese tal “El Cangrejo”? ¿Se les insta a defender las libertades democráticas y económicas? ¿O es solo otra jugada diplomática para mantener las apariencias? Lo cierto es que el pueblo cubano, ese que no sale en las fotos de las entrevistas de RT ni en las declaraciones de Granma, sigue esperando. Esperando que las “reformas” anunciadas no sean solo palabras al viento, esperando que el “combate” sea contra la miseria y no contra un enemigo externo que, para muchos, ya es solo una excusa. ¿Hasta cuándo tendremos que seguir escuchando el mismo disco rayado? ¿Hasta cuándo la propaganda bélica servirá de cortina de humo para tapar la incompetencia y la falta de voluntad real de cambio? La pregunta queda en el aire, flotando sobre una isla que clama por un futuro, no por un pasado glorificado y repetido hasta la saciedad.

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