
El giro de Daniel Llorente
Por Anette Espinosa
La Habana.- Daniel Llorente alguna vez representó una de las imágenes más contundentes de la rebeldía cubana. Aquel primero de mayo salió frente a la tribuna de la Plaza de la Revolución con una bandera de Estados Unidos, en uno de los gestos de protesta más atrevidos que se recuerden en la Cuba reciente.
El régimen respondió con lo que sabe hacer cuando alguien se sale del guion: represión, encierro y castigo. Después vino el destierro. Por eso resulta difícil observar ahora sus publicaciones sin preguntarse en qué momento la protesta política terminó convertida en una competencia de bravuconería.
Llorente regresó recientemente a Cuba. Toods nos quedamos con la boca por la rodilla. En La Habana sostuvo un encuentro con miembros de la Seguridad del Estado, precisamente con aquellos que forman parte del aparato represivo que alguna vez lo convirtió en prisionero. El «diálogo», por sí solo, merece reflexión.
¿Por qué Llorente regresó a Cuba? ¿Por qué lo dejaron entrar? ¿Cómo puede hablar tan bien de sus represores? Lo preocupante aparece cuando, después de ese viaje y de ese encuentro, la nueva imagen pública de Llorente parece construirse alrededor del desafío físico, la amenaza y la necesidad de demostrar quién es más guapo.
La frase publicada desde Florida tiene poco de política y mucho de provocación. Hablar de estar acompañado por Dios mientras se reta a cualquiera a enfrentarse físicamente, produce una contradicción bastante grande. La libertad no se defiende a puñetazos ni se mide por la cantidad de personas que uno sea capaz de enfrentar.
Llorente ya demostró valentía aquella mañana del primero de mayo, pero ahora está demostrando muchas cosas y no son positivas…
Hay algo todavía más preocupante: cuando un hombre que fue víctima de la represión termina utilizando un lenguaje de violencia, corre el riesgo de regalarle al régimen una oportunidad extraordinaria. La dictadura cubana lleva décadas intentando presentar a sus adversarios como sujetos peligrosos, violentos e incapaces de convivir dentro de una sociedad normal. Cada amenaza, cada desafío y cada gesto de matonismo le facilita ese discurso. Un opositor puede ser firme, radical en sus convicciones y absolutamente irreverente sin convertirse en aquello que sus adversarios necesitan que parezca.
Daniel Llorente tenía hasta aquí una historia que merecía ser recordada con seriedad. Fue castigado por levantar una bandera en una plaza donde el poder no tolera símbolos distintos a los suyos. Sin embargo, ahora tiró por la borda la dignidad y la coherencia que alguna vez lo acompañaron cuando desafió a un régimen a la vista de millones de personas y en las narices del mismísimo Rául Castro.



















