Comparte esta noticia

Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Esta mañana, cuando el que llena fosforeras debajo de mi edificio me soltó la noticia, pensé que era una broma de mal gusto. «¿No sabes?», me dijo mientras encendía un cigarro con la misma parsimonia de quien está harto de todo. «Mañana hay marcha en la Tribuna Abierta. Los están convocando por los centros de trabajo, por las escuelas, por las universidades. Y claro, hoy no han quitado la corriente en muchos de esos barrios donde llevábamos veinte horas a oscuras. Qué descarados, ¿no? Ahora no quitan la luz porque quieren que la gente vaya mañana a protestar por el encausamiento de Raúl Castro». Y yo me quedé mirando el bombillo, que por una vez estaba encendido, y entendí todo.

Porque esto es Cuba, señores. Aquí no hay vergüenza. Aquí lo que hay es un régimen que ha convertido el chantaje en arte. Necesitan llenar la Tribuna el 22 de mayo para simular que el pueblo respalda a su líder máximo —ese mismo que está siendo investigado por el derribo de las avionetas de Hermanos Al Rescate, por cierto— y de repente la corriente aparece en los barrios populares. No porque hayan resuelto el problema energético. No porque les importe un carajo que los niños no duerman por el calor y el hambre. No. Aparece porque necesitan carne de movilización. Porque sin el pueblo en la calle, la farsa se derrumba.

La verdadera protesta es no ir

Y ya lo estamos viendo. Van a llevar a los militares vestidos de civil, a los dirigentes con sus guayaberas recién planchadas, a los estudiantes que no pueden negarse porque les va la beca, la carrera, la ubicación cuando se gradúen. Van a llevar también a ese pequeño grupo de anormales que aún cree en los Castro, esos que ven una foto de Fidel y se les humedecen los ojos mientras se mueren de hambre en una cola. Son los mismos que aplauden cuando el régimen les escupe en la cara. Los mismos que defienden a los dueños del país mientras sus hijos comen arroz con grasa por quinto día consecutivo.

A los otros, a nosotros, los que estamos hartos, los que sabemos que esto es una dictadura disfrazada de revolución, intentarán engañarnos con un poco de electricidad antes de la marcha. Lo han hecho siempre. POnen la corriente unas horas más, nos dan agua un rato, nos dejan ver la televisión sin que se queme el televisor, y luego, cuando la foto ya está tomada y los discursos ya fueron pronunciados, vuelven a dejarnos tirados. Porque esa es su estrategia: la migaja, el espejismo, la esperanza falsa. Manipulan como han hecho siempre, desde el 59, con la misma receta podrida.

Pues yo no voy a ir. Lo tengo clarísimo. Mañana, mientras ellos corean consignas y ondean banderitas frente a las cámaras oficiales, yo voy a lavar la ropa acumulada de toda la semana. Voy a cocinar algo caliente para mis hijos, aunque sea a las tres de la tarde. Voy a dormir un rato con el aire acondicionado —que por fin puedo poner, gracias a esa corriente milagrosa que apareció justo hoy— y voy a olvidarme de la Tribuna Abierta y de sus dueños. Porque no me representan. Porque no me engañan. Porque soy una doliente, sí, pero no una tonta. Y esta doliente tiene claro que el verdadero protesta no es la que convocan ellos. Es la que hacemos nosotros cuando decidimos no ir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy