Epístola trasatlántica

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Por Ramón Muñoz Yanes ()

Estimado amigo:

Estamos viejos, la camada del 61. Recuerdo cuando éramos jóvenes. Te recuerdo en el preuniversitario, pero sobre todo de nuestra calle, Martha Abreu, entre 20 de mayo y Enrique Villuendas. Recuerdo a todos los de la calle, yo vivía justo en la esquina de Martha Abreu y Villuendas, en el tercer piso del edificio verde, frente a la bodega. Al lado vivía Lidia y en el primer piso Samuel. Recuerdo de esa calle, el sonido del bate de aluminio por las noches desde el Latinoamericano y el rugido de los fanáticos de Industriales. Otro recuerdo es de tu padre, buena persona y amable, llano, a pesar de ser una figura de relevancia nacional. Han pasado los años y se fueron nuestros padres.

Hace treinta años que me fui de la isla y no he regresado jamás. Como médico recibí el castigo gubernamental, no me dejaban entrar a Cuba. Diez años sin abrazar a mi hija y dieciséis al varón, pero ya están aquí y son médicos los dos. Me trataron como a un perro rabioso, me robaron el abrazo de mis hijos, pero no me arrodillaron. ¿Sabes, compadre? Tengo tres nietos y son españoles, no son como Elpidio Valdés, hablan como el general Resóplez y te seré sincero, me parece bien, porque cuando sean viejos no comerán de la basura.

Te contaré algo: recuerdo una tarde, estaba en la cola del teatro Mella, para ver un remake de Andoba, la misma obra que había hecho tu padre, al que también había visto de adolescente y que ahora hacías tú. ¿Te puedo tutear? Pues estaba en mi cola del teatro y te vi entrando, rodeado de gente. Miraste y me viste. Me llamaste: —Ruso, ven—. Me entraste al teatro y yo, ya sabes, orgulloso, y se lo decía a mi novia Mariela, de Lawton. «Es mi amigo, vecino y condiscípulo». Coño, compadre, qué orgulloso ese día.

Treinta años sin Cuba, me parece mentira. He leído sobre ti y debo confesar que me siento orgulloso de tu trayectoria. Eres un «artistazo», sí, con hipérbole incluida y merecida.

Veo tus vídeos, películas y cortos. Hace poco vi esta foto y la frase al pie de: «No me voy a callar». Te creo, pero también creo que tienes un problema básico, el mismo que todos los que nos fuimos y los que, como tú, se quedaron: es sencillo, no nos escuchan, Luis Alberto. No valemos nada.

Tomaron a Cuba de pedestal, Luis Alberto, y estoy seguro de que no te vas a callar, pero tu palabra es como los jarros sonando en el apagón: no los oyen, no les importa. Crecimos en una Habana menopáusica, que perdía glamur y brillo, con las consignas. Con tanto discurso, nos olvidamos de ser ciudadanos y del acto de libertad más elemental de todo nativo de un país: votar, pero de verdad.

Después de tantos fusilados, presos y ahogados, asfixiados de lejanía, nos morimos a uno y otro lado del malecón, callados, mudos en realidad, porque no nos escuchan. No es necesario que grites, no te escuchan, Luis Alberto. Ojalá que no nos hayan fusilado el abrazo.

Hablando de eso, un abrazo, carajo.

Ramón Muñoz Yanes (El Ruso)

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