
Galletas de memoria
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Hay sabores que se heredan como una leyenda antes de tocar el paladar.
A Cuba llegaron estas galletas danesas por un azar que nadie supo explicar, pero se quedaron para siempre en el inventario de nuestros deseos compartidos.
En el cuarto de mi tía Teté habitaba una de esas latas, de un rojo encendido, que el tiempo había convertido en un cofre de costura lleno de carreteles de hilo y botones huérfanos.
Una tarde, suspendiendo la aguja en el aire, le pregunté si había comido esas galletas. Me miró con una nitidez que todavía me estremece y sentenció:
—Fueron las mejores galletas de mi vida. De pura mantequilla, imagínate.
En casa de mi abuela Margarita también sobrevivía otra lata idéntica, un objeto hermoso cuyo origen exacto nunca descifré, pero que custodiaba el mismo enigma.
Durante años, aquel sabor ausente fue mi mayor fantasía de infancia; hasta que hoy tropecé con esta en un pasillo de Walmart.
La compré con el pulso tembloroso de quien rescata un trozo de su propia historia. Al destaparla, el aroma denso y dorado de la mantequilla inundó el aire y realizó el sueño de décadas.
Desde el primer mordisco supe que mi imaginación de niña no había inventado nada: la eternidad está en ese sabor, y mi tía Teté, desde su silencio, acaba de ganar la apuesta contra el olvido.






