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Por Ramón Muñoz Yanes ()

Madrid.- Los pueblos tenemos que pensar y no permitir jamás que se alcen sobre el esfuerzo de todos los tiranos con ínfulas de Mesías. Tuvo que venir un desastre como el de Venezuela para poner un traspiés a las conciencias y que, al caer contra el pavimento, salgamos del letargo de décadas.

¿Quiénes están sacando a las víctimas bajo los escombros? ¿Quiénes están arriesgando sus vidas dentro de los edificios semiderruidos, con gran riesgo de derrumbe? ¿Han visto ustedes a algún parlamentario, político o líder con las ropas rasgadas por los afilados cascotes, dando siquiera una voz de apoyo a la niña atrapada? ¿Quiénes están ahí? El pueblo. Al llanto del niño herido acude el hombre noble, el que madruga para llevar el pan a la mesa; hasta el ladrón de los arrabales se lanza a salvar a una madre antes que los congresistas, temerosos de perder prebendas.

El mundo llora por Venezuela. Ahí hay escombros afilados, ahí está el corazón de ocho millones de venezolanos emigrantes, ahí está el alma de Venezuela —y no los hijos de Chávez, ni Maduro, ni los cantamañanas comunistas de La Habana.

Los amigos… solo los amigos

Los países se vuelcan, el mundo llora. Llego a casa y veo a mis nietos, y me duele el alma de saberlos a salvo, mientras madres y abuelos venezolanos lloran a sus proles fulminadas por el espantoso temblor. Tenemos que sacudirnos el látigo rojo de las dictaduras latinoamericanas.

Miren a su alrededor y, en medio del polvo, verán a norteamericanos, israelitas, mexicanos, uruguayos y muchos hombres que, quizás algún día, gracias a los intereses políticos, vieron como enemigos; y helos ahí, entre el polvo y la sangre, tendiendo la mano y dando su sangre por la Venezuela atribulada.

¿Hay alguno de las flotillas de propaganda dando su mano al herido? En las horas de amargura se alzan los pueblos y el hombre bueno se arriesga por los demás, se deja la vida por la sonrisa del niño rescatado y por la mirada de la madre favorecida por la fortuna del hallazgo.

Mirad bien, Venezuela: los pueblos sangran contigo en medio del infortunio, los que dejaron su tierra amada. Mirad y verán por todo el mundo, por toda ciudad del planeta, las lágrimas de los carianes, maracuchos, guajiros, guaros, llaneros y todos los venezolanos, llorando allende la mar.

Mirad bien, Venezuela: hasta una madre cubana abatida por el hambre y la miseria deja caer una lágrima por la madre venezolana que aguarda el rescate del suyo.

Lloramos contigo, Venezuela. Lloramos por tus hijos. Mirad a tu alrededor ahora mismo. En medio del polvo del desastre, están tus amigos. Florece de una vez, Venezuela.

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