
Bolivia en vilo: Evo juega al cerco mientras Paz intenta gobernar con un país bloqueado
Por Joaquín Santander ()
La crisis boliviana no es un estallido espontáneo. Es una asfixia programada. Detrás de los bloqueos, la dinamita en las calles de La Paz y la escasez de alimentos que ya comienza a sentirse en los hogares más humildes, hay una mano que mueve los hilos con precisión de relojero.
Esa mano es la de Evo Morales, el expresidente que, desde su escondite en el trópico de Cochabamba, prefiere paralizar un país entero antes que sentarse en el banquillo de los acusados. Porque Evo no se esconde de la justicia boliviana por casualidad. Se esconde de una acusación grave, con nombre y apellido: abuso de menores. Y mientras sus abogados ganan tiempo, sus seguidores ganan calles.

Lo que estamos viendo en Bolivia no es una protesta social genuina, aunque la economía esté hecha trizas y el descontento sea real. Es una operación de desgaste. Morales sabe que ya no puede ganar elecciones, pero aún puede gobernar desde la calle.
Su herramienta favorita, el bloqueo de caminos (https://www.youtube.com/watch?v=TJmd7MAiTKE), no solo estrangula el suministro de combustible y alimentos; también le permite presentarse como el único que puede negociar con el gobierno. Y el gobierno de Rodrigo Paz, un centrista que lleva apenas seis meses en el poder, se encuentra atrapado en una ecuación imposible: si usa la fuerza, lo acusan de represión; si negocia, legitima al bloqueador.
La escasez comienza a pesar
El problema de fondo es que la economía boliviana ya venía mal antes de los disturbios. La caída de las reservas internacionales, el fin del ciclo de los commodities y la eliminación de los subsidios a los combustibles han pasado factura. Pero Morales no está protestando contra la inflación. Está protestando contra su propia imputación. Y esa diferencia es clave. Porque mientras sus seguidores corean consignas políticas, el grueso de la población empieza a quedarse sin arroz, sin pan y sin diésel. Y cuando la necesidad aprieta, la paciencia se agota. El gobierno de Paz ha logrado acuerdos con mineros y maestros, pero el núcleo duro del evismo no negocia: exige la renuncia del presidente.

El riesgo, a estas alturas, no es solo que Bolivia se desangre en bloqueos. Es que la estrategia de Morales termine generando el efecto contrario. Porque los bolivianos no olvidan quién los dejó sin comida mientras él se esconde de la justicia. Y aunque hoy haya sectores que le sigan fieles, la paciencia de las mayorías silenciosas tiene un límite.
Ocho gobiernos latinoamericanos ya han rechazado cualquier atentado contra el orden democrático. Estados Unidos apoya a Paz. Argentina ha lanzado un puente aéreo humanitario. La comunidad internacional empieza a ver a Morales como lo que es: un factor de desestabilización que antepone su impunidad al bienestar de su propio pueblo.
Así que la pregunta no es si Paz podrá resistir. La pregunta es cuánto tiempo más permitirá Bolivia que un hombre que no quiere ir a juicio siga poniendo candados en las carreteras. Porque el derecho a protestar es sagrado. Pero también lo es el derecho a comer, a circular y a vivir sin miedo a que la dinamita te vuele la puerta de casa. Y en ese equilibrio, la balanza empieza a inclinarse. Lento, muy lento. Pero sin pausa.






