
Las alas rotas de Cuba: el drama silencioso de los que ya no pueden volver
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- No es solo la falta de un avión en una pista. Es la ausencia de un hijo que no pudo llegar a tiempo al lecho de su madre enferma. Es la maleta llena de medicinas que se quedó en el aeropuerto de Toronto. O la beca soñada en París que se esfumó porque Air France dejó de volar a La Habana. Cuando las aerolíneas suspenden sus operaciones hacia Cuba, no están cerrando rutas comerciales: están levantando muros invisibles pero devastadores.
El primer cuatrimestre de 2026 ha sido desolador. Air Transat, Air France y LATAM Perú dijeron adiós. No fue una decisión política, fue una decisión técnica: no hay suficiente combustible Jet A-1. Pero la explicación técnica no le devuelve la conexión a una familia dividida entre la Isla y el extranjero. Y lo peor es que no se trata de una crisis pasajera: es la crónica de un desmoronamiento anunciado.
Las aerolíneas que aún vuelan —American Airlines, Air Europa, Aeroméxico— lo hacen a salto de mata. Algunas aterrizan en República Dominicana o Bahamas solo para cargar combustible, como viajeros del siglo XIX que necesitaban paradas para cambiar los caballos. El «tankering» no es una solución: es un parche costoso que alarga los vuelos, encarece los boletos y fatiga a los pasajeros. Y al final, quien paga es siempre el mismo: el viajero común.
La incertidumbre en el cielo
El golpe no se siente solo en La Habana. En Varadero, los hoteles miran al cielo esperando aviones que no llegan. En Holguín, el turismo —ese oxígeno de la economía local— se asfixia. En Santiago de Cuba, las familias tienen que hacer colas interminables para conseguir un vuelo a Miami o Madrid, cuando antes había opciones. La conectividad no es un lujo: es un derecho que se está perdiendo gota a gota.
Detrás de esta crisis no hay un solo culpable. Hay un sistema energético frágil, limitaciones financieras que ahogan a la empresa estatal Cubana de Aviación, y una infraestructura que no ha podido modernizarse al ritmo que el mundo exige. Los especialistas lo repiten hasta el cansancio: mientras no haya una solución estructural para el suministro de combustible, ninguna aerolínea querrá arriesgarse a quedarse varada en una isla sin Jet A-1.
Y mientras tanto, la gente espera. La diáspora cubana, una de las más grandes y activas del mundo, ve cómo se encogen los puentes que tanto costó construir. Cada vuelo cancelado es una historia que se aplaza. Cada ruta suspendida es un abrazo que no se da. Cuba necesita alas, no más escombros. Pero por ahora, el cielo sobre la Isla sigue siendo un territorio de incertidumbre.






