Defensores del comunismo desde el sofá: vengan a Cuba y luego “vamos a ver a cómo tocamos”

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Miguel Díaz-Canel lo suelta con esa voz de funeral mal actuado, esa que ensaya frente al espejo antes de cada comparecencia pública. “Levanten el bloqueo y vamos a ver a cómo tocamos”, dice, como si el problema de Cuba fuera una simple alfombra enredada en la puerta de Washington.

Pero él lo sabe, ustedes lo saben, lo sabemos hasta los muertos del cementerio de Colón: el bloqueo es el chivo expiatorio perfecto, la muleta ideológica que lleva décadas sosteniendo un sistema que ya no camina ni con andadera. Porque cuando no había bloqueo, cuando los barcos llegaban libres y los dólares corrían por La Habana, el comunismo ya había comenzado su obra maestra: convertir una isla próspera en un escombro con bandera.

Sin embargo, no quiero detenerme en el dictador de turno, que al fin y al cabo no es más que el empleado administrativo de una ruina. Quiero hablar de ustedes, los defensores de esta revolución desde el extranjero. Esos que no son muchos, lo admito, pero que hacen mucha bulla.

Me refiero a ustedes, los que pintan carteles en universidades europeas sin haber pisado un barrio cubano. Los que desfilan frente a embajadas de Estados Unidos con consignas que aprendieron en un folleto del ICAP. Los que viajan a la isla, se pasean por lugares amañados, comen en paladares de lujo para turistas ingenuos y regresan a sus países a dar conferencias sobre la resistencia heroica del pueblo cubano. Ustedes, los profesionales del antifascismo de salón, los que nunca han hecho una cola de tres horas para llevarse medio pollo de mentira.

¿Qué saben ustedes de Cuba?

Y ojo, que no me refiero a los que nacieron aquí y se fueron por necesidad. Esos tienen derecho a opinar, aunque duela. Me refiero a los otros: a los que nunca durmieron con una vela al lado por si se iba la luz, a los que nunca tuvieron que compartir una libreta de abastecimiento entre cinco personas, a los que nunca vieron a su madre llorar porque no había leche para el niño.

Esos defensores a ultranza del comunismo cubano, muchas veces instalados en el capitalismo más rancio y con más abolengo, son los que más bulla hacen y los que menos derecho tienen. Porque defender el comunismo desde Berlín, desde Madrid, desde Toronto o desde Moscú es muy cómodo cuando uno sabe que al día siguiente tiene nevera llena, agua caliente y un sistema de salud que no le pregunta si es militante del Partido antes de recetarle un antibiótico.

Vengan a vivir a Cuba

Así que les propongo algo, queridos revolucionarios de pacotilla. Vengan a vivir a Cuba. Pero no al Cuba que les muestran los guías oficiales del ICAP, no al Cuba de los hoteles para extranjeros y las playas cuidadas. Vengan a El Condado, ese rincón olvidado donde el polvo es el único adorno de las calles. Vengan a La Cuevita, donde la humedad se come las paredes y la esperanza se pudrió hace décadas.

Vengan a la otrora hermosa Antillas, hoy convertida en una postal descolorida de lo que pudo ser y no fue. Vengan a Cocosolo, donde los niños juegan entre escombros y la palabra “futuro” suena a chiste.

Vivan allí un mes, un año, lo que aguanten. Hagan cola para comer, pasen una noche sin luz, otra sin agua, otra sin conexión. Traten de curarse una gripe con paracetamol caducado. Intenten cobrar un salario de doctor o maestro. Y entonces, cuando tengan las manos llenas de callos y el alma llena de preguntas incómodas, vuelvan a su cómodo exilio capitalista y defiendan el comunismo.

Porque hasta que no caminen descalzos por las mismas piedras que pisa el pueblo cubano, sus consignas no valen ni el cartón donde las escriben. Ustedes hablan de resistencia, pero resisten desde la tarjeta de crédito. Hablan de dignidad, pero nunca han tenido que venderla por un frasco de aceite. Así que guarden sus carteles, apaguen sus micrófonos y, si de verdad les duele Cuba, dejen de usarla como bandera para sentirse moralmente superiores. Y si no, ya saben: vengan, vivan, sufran. Y luego, solo luego, “vamos a ver a cómo tocamos”.

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